La hija de María José confundía la b con la p, hacía la a invertida y el 3 y el 5 al revés, como reflejados en un espejo. Acababa de empezar primaria, y una pedagoga le confirmó a su madre que tenía dislexia. Esta dificultad del aprendizaje se considera la tercera causa de fracaso escolar y no es tan rara. Afecta a entre un ocho y un 10 % de niños en edad escolar, el doble que el déficit de atención o hiperactividad (3-5 %).
Sin embargo, el caso de María José Nicolás es especial. Senadora del Grupo Popular por Murcia, logró que el pasado 25 de marzo se aprobara por unanimidad en el Senado su moción para hacer un estudio a nivel estatal y mejorar la formación del profesorado. Las cifras con que se trabajan o bien son extrapoladas del Reino Unido y EE UU o proceden de estudios antiguos, como el de la Fundación CEAR (Centro de Estudios, Aprendizaje y Reeducación), que las eleva al 15 %.
Un fallo de sincronización
Los disléxicos no tienen un problema lingüístico, sino una anomalía (hereditaria) en la sincronización neuronal, como acaba de publicar el Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud en la revista Dyslexia. Les cuesta asociar un sonido con un grupo de letras unidas en una palabra. Por eso, según María José Nicolás, "quizá en España haya menos disléxicos que los estimados, porque en el Reino Unido distan más escritura y pronunciación".
También por eso, en su moción se pedían terapeutas para que ayuden a los niños disléxicos por su falta de discriminación auditiva o de percepción visual. "Necesitan un entrenamiento físico, de motricidad, de lateralidad, para que se desarrollen determinadas zonas de su cerebro", explica Irene Ranz, presidenta de la Fundación Aprender. "También psicólogos, porque son alumnos aferrados al No puedo", dice.
María José Nicolás compara al disléxico con el zurdo: "Si le pones el lápiz en la derecha aprenderá, pero más tarde y peor". Y reconoce que cada vez más regiones se han puesto las pilas desde que la LOE reconoció la dislexia, en 2006. En Murcia, Baleares o Canarias ya se distribuyen guías para que los profesores detecten a esos niños a los que "no se les ve en la cara, como el síndrome de Down, ni tienen problemas intelectuales", según Ranz.
Entre los consejos a los profesores destacan no hacer sentir mal al alumno entregándole un examen totalmente corregido en rojo; ofrecerle hacer la prueba oral y no bajar puntos por ortografía (además de la dislexia existe la disortografía o la discalculia, menos comunes). Y, como los padres, paciencia, pues el disléxico puede necesitar el doble de tiempo para hacer las tareas.
El cerebro disléxico, en grado leve o severo, lo es para siempre, pero tiene su contrapartida en la creatividad, como lo atestiguan Walt Disney o Albert Einstein.
EL APUNTE
Colegios pensados para estos niños
El equipo de orientación del colegio es el encargado de dictaminar si un niño tiene dislexia, y es clave que lo haga cuando aprenda a leer y se detecten dificultades. A partir de ahí, el pequeño tiene derecho a ayudas, como un profesor de Pedagogía Terapéutica dos horas a la semana o una enseñanza alternativa. También hay centros, como El Brot de Barcelona, que proponen desde hace 25 años un aprendizaje multisensorial, no basado en la lectoescritura, en grupos de ocho niños entre los que también hay hiperactivos. Una iniciativa pionera que se prevé que pronto sea exportada a Madrid.

