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Viernes, 20 de noviembre de 2009. Actualizado a las 21:43h | : el tiempo en

Interior de una sala X

Penetramos en el sórdido territorio de un cine porno madrileño y te contamos lo que se ve, lo que se oye, lo que se dice y lo que se hace ahí dentro

  • Luis Landeira
  • ,
  • Madrid | 27/10/2008 | comentarios | Votar
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La ventanita discreta

Luis Landeira

Ya desde la taquilla de la Sala X madrileña Alba, incrustada en el número 4 de la calle Duque de Alba, se masca el vicio, y un fuerte hedor a lubricidad reseca y a ambientador barato inunda tus fosas nasales. Pides una entrada y pagas los 6’50 euros: igual de caro que en el cine "normal", pero aquí puedes estar el tiempo que quieras y puedes hacer lo que quieras. El ventanuco de la taquilla te queda a la altura del plexo solar, de manera que ni tú puedes ver la cara del taquillero, ni el taquillero puede ver la tuya. Ante todo, discreción.

El decadente vestíbulo de este cine, que se inauguró en 1986, es un ir y venir de señores de mediana edad. Algunos deambulan por la entrada al patio de butacas y otros hacen guardia en la puerta de los servicios, visiblemente inquietos, mirando a ver si pasa alguna pieza de su interés. Para empezar, decides entrar en la sala y echar un ojo a la película. Ahora echan Las fantasías de las peludas que, por el título, promete.

Cuando tus ojos se acostumbran a la penumbra de la sala, atisbas siluetas que se deslizan entre las butacas: hay casi más gente de pie que sentada. Los gemidos y palabrotas de la película (que está doblada al castellano) se funden con la sinfonía de cinturones que se desabrochan, cremalleras que se abren y pasos que se acercan.

Es igual de caro que en el cine "normal", pero aquí puedes estar el tiempo que quieras y puedes hacer lo que quieras

Tomas asiento en la quinta fila, contando desde atrás, porque piensas que la columna te protege. Pero, a los cinco minutos, ya tienes a un señor sentado al lado, jadeando y rozando torpemente su brazo contra el tuyo. Lo miras de reojo y compruebas horrorizado que tiene su cabeza girada hacia tí. Luego vuelve a mirar a la película. En la pantalla, una hirsuta mujer devora un pene king size. "Mmm, cómo chupa", susurra el señor. No te atreves a moverte. Un escalofrío de horror recorre tu médula espinal.

Vicio rancio en el patio de butacas

Las salas X nacieron en 1982, en una España ya curtida en erotismo audiovisual gracias a las películas clasificadas "S". A mediados de la década de los 80 llegó a haber hasta 15 salas X en Madrid. Hoy, sólo quedan ocho en toda España; una en Andalucía, otra en Canarias, otra en Baleares, tres en Valencia y otras tres en la capital. El trío de salas X madrileñas que resisten contra viento y marea son el Alba, el Postas (en la calle del mismo nombre) y el Cervantes (en la Corredera Baja de San Pablo).

Pese a la competencia de Internet y sex shops, las salas X aún recaudan más de medio millón de euros al año (según datos del Ministerio de Cultura). Por sus taquillas pasan casi 200.000 personas cada 12 meses. Para hacerse una idea de la afluencia de personal, digamos que en el Alba (con aforo para 200 espectadores) se meten entre 150 y 270 personas diarias, mientras que por el Postas (que, desde que convirtió parte de la taquilla en tienda de souvenirs sólo tiene 75 butacas) pasan alrededor de 100 personas cada día.

Más que en la calidad de las cintas, el secreto del éxito de estas salas reside en la libertad de movimientos que disfrutan los espectadores: el acomodador tiene la manga muy ancha y hace la vista gorda a las felaciones, masturbaciones y penetraciones que, un día sí y otro también, se practican en los patios de butacas o en los servicios del cine. Luego, cuando hay que limpiar la sala, vienen las lamentaciones, sobre todo a la hora de quitar los lamparones de semen a golpe de estropajo.

El señor que está sentado a tu lado sabe esto y, por eso, te da un golpecito en el hombro para que mires su rostro de ratón viejo picado por la viruela. Te clava sus ojos inyectados en sangre y susurra "¿quieres que te la coma bien?". Le explicas que no, que eres un estudioso de la pornografía estás aquí para ver la película, no para intercambiar fluidos, pero que te gustaría hacerle unas preguntas. "¿Vienes mucho por aquí?", susurras. "Un par de veces a la semana, como mínimo", contesta él.

Hombres maduros, ancianos, parejas y travestis

Como en una sala X la gente no viene precisamente a ver las películas, nadie te manda callar cuando hablas. De hecho, al fondo hay una discusión y un conato de pelea: un despistado entró para masturbarse con la "peli" y los pajilleros lo acosaron como moscas… hasta que el tipo se hartó y empezó a empujones. Pero la sangre no llega al río y, cuando pasa el tumulto y el despistado abandona la sala, continúo interrogando a mi confidente:

En Madrid hay tres cines X, ¿por qué vienes a los Alba, es que echan mejores películas?

No, es que es donde más se pilla. Vienen muchos tíos. Además, en los Postas va casi siempre la misma gente, es un público más fiel, aquí hay más variedad. Los Cervantes son los más flojos, aunque desde la reforma no he vuelto a ir.

¿Siempre pillas algo?

Sí, como puedes estar el tiempo que quieras, es raro que te vayas sin hacer nada. Hay jubilados viciosos que se pasan aquí todo el día, desde las diez y media de la mañana hasta las diez y media de la noche, entrándole a todo lo que se mueve.

¿Qué día es el mejor para venir?

El domingo, mejor a última hora, se llena el cine, sobre todo el piso de arriba, el "gallinero". Bueno, tío, me voy a los servicios a ver si cae algo…

El tipo se levanta y se va. Tú también: es hora de dar una vuelta por el servicio, el "gallinero" y la zona de encuentros. Que Dios te pille confesado…

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Contacto sin tacto

Hubo un día en que las salas X eran algo más que sórdidos focos de contactos y prostitución masculina. En plena Movida madrileña, cines como el Carretas (hoy cerrado) gozaron de gran popularidad, se veían muchas más chicas en sus butacas y los Alba tuvieron los mayores éxitos, con películas como Garganta profunda y otros hitos de la edad dorada del porno.

Por aquel entonces, las sesiones golfas de las salas X eran frecuentadas por crápulas y modernos y hasta algún temerario que, como Travis en Taxi Driver, se decidía a llevar a su ligue a ver una película porno. Además, existía la figura de la "pajillera", señora que te "aliviaba" manualmente el calentón provocado por la película a cambio de una propinita.

Sales de la sala y subes las escaleras. El cine es antiguo y tiene solera, un vetusto encanto que las décadas de corrupción no han hecho más que aumentar. Arriba, hay una sala con unos butacones y una tele, donde dos hombres hablan y te miran. Les dices "hola" y te sientas con ellos. Tras las presentaciones y aclararles que no buscas sexo, les preguntas. Sólo uno contesta: el otro está casado y "no quiere líos":

¿Qué se hace en esta zona?

Nada, es como un área de reposo para charlar y descansar. Para hacer algo entramos en el "gallinero" o en ese patio oscuro con sillas. Ahora mismo se están masturbando ahí tres tíos. Pero el gallinero es más cómodo y más oscuro porque da menos la luz de la pantalla. Y si quieres follar, mejor te vas al baño: hay un retrete que tiene cerrojo.

¿Por qué venís a la sala X y no a una sauna o a un cuarto oscuro?

El cine tiene más morbo. A mí el cuarto oscuro no me va, eso es para gente que va más a buscar placer sin mirar a quién, aquí ves un poco por donde vas. No sé, esto acostumbrado. Y las saunas, voy a veces, pero prefiero el cine.

¿Qué tipo de gente viene por aquí?

Esto tiene fama de que vienen viejos, pero ya ves que nosotros no pasamos de los 40. Hay gente de todo tipo. Sí es cierto que hay más hombres maduros, mucha tercera edad, jubilados que se pasan aquí el día, pero según el momento te puedes encontrar de todo, chicos jóvenes, señores casados, como este…

Me ha chocado un poco que esto sea un bosque de penes. ¿Nunca vienen mujeres?

Sola nunca he visto a ninguna. Sí vienen a veces parejas, sobre todo jovencitos que no tienen casa para hacer cochinadas o parejas morbosas, swingers de esos. Pero, ya te digo, casi todos somos hombres.

En un cómic americano salía una sala X neoyorquina y se veía cómo estaba plagada de prostitutas. ¿Aquí no hay prostitución?

Putas nunca he visto, ya te digo que nunca vienen mujeres solas. A veces entran chaperos y también travestis, que te hacen lo que quieras pero te cobran. Aquí lo del sexo de pago no se estila, se busca morbo y, además, la entrada ya cuesta unos euros. 

Tras despedirte de esos amables señores, te dejas caer por el "gallinero", el patio de butacas superior, donde hay más gente que abajo: unas 20 cabezas, sin contar las agachadas, claro. La mayoría, apenas miran la pantalla y se concentran en su propia película. Decides que no, que aquí es mejor no sentarse y vuelves abajo, con intención de visitar los servicios. Entre otras cosas, para hacer un pis. Los urinarios están llenos de hombres enseñándose el pene. Por casualidad, el váter con puerta está libre, así que entras ahí y te cierras a cal y canto. Un par de condones usados son testigos de tu meada. La puerta está llena de frases obscenas, algunas acompañadas por números de teléfono. Huele a rayos.

Sales del baño. En el vestíbulo hay más ancianos ahora y algunos te clavan sus babeantes ojuelos. Crees que ya has visto bastante y decides poner pies en polvorosa. Sales del cine y atraviesas el largo túnel que, como una garganta profunda, te escupe hacia la calle. Los peatones te miran mal al pasar y tú respiras hondo, a ver si la contaminación sustituye a ese aire viciado, venéreo, a semen reseco y ambientador barato, que se niega a abandonar tus pulmones.

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