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Lunes, 13 de febrero de 2012. Actualizado a las 09:02h | : el tiempo en

La década erótica

Esta es la historia del cine clasificado "S", etiqueta casi olvidada que vuelve a la actualidad gracias al inminente estreno de la película Los años desnudos. Fotogalería: cine de dos rombos

  • Luis Landeira
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  • Madrid | 08/09/2008 | comentarios | Votar
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Remedio contra la frigidez

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“SE ADVIERTE AL PÚBLICO QUE ESTE FILME POR SU TEMÁTICA O CONTENIDO PUEDE HERIR LA SENSIBILIDAD DEL ESPECTADOR”. El que avisa no es traidor y este era el paternalista mensaje que el gobierno y los exhibidores daban al inexperto público español cuando colocaban una "S" en una película. Durante la década que fue de 1975 a 1985, una película "clasificada S" era sinónimo de sexo y/o violencia. Como los dos rombos de la tele, pero en el cine. Unos símbolos que, más que herir sensibilidades, llamaban la poderosamente atención.

El próximo 24 de octubre se estrena Los años desnudos (Clasificada S) (dirigida por Dunia Ayaso y Félix Sabroso), una película en la que Candela Peña, Mar Flores y Goya Toledo hacen de tres pioneras del cine erótico en la España postfranquista. No hay mejor excusa para repasar la fascinante y carpetovetónica historia del cine Clasificado “S”, que abarca la década comprendida entre 1975 y 1985. Una época en la que, para conseguir ver imágenes no ya porno, sino mínimamente eróticas, había que hacer una furtiva escapada al cine.

Lo verde ya no empieza en los Pirineos

Podemos decir que el cine "S" se empezó a gestar en 1975, con la muerte de Franco, gracias a mutaciones progresivas que se fueron produciendo en el Ministerio de Moral y Buenas Costumbres, que aceptó los desnudos fílmicos siempre y cuando obedecieran a exigencias del guión.

En 1976, los adultos españoles pudieron ver el primer desnudo cinematográfico en décadas, cuando se aprobó el estreno de La trastienda, filme en el que María José Cantudo se mostraba como Dios la trajo al mundo. Y en 1977 llegó a los cines de España, con un lustro de retraso, El último tango en París. Por fin, los españolitos calientes ya no tenían que hacer escapadas a Perpignan para ver guarrerías.

Sin embargo, para disfrutar de las primeras películas puramente eróticas, ya bajo la clasificación “S”, hubo que esperar al cinco de enero de 1978. Esa noche, muchos padres de familia acostaron a sus niños, con la excusa de la visita de los Reyes Magos, y se fueron corriendo a ver Emmanuelle y su secuela Emmanuelle II. La antivirgen. Poco después llegarían las dos primeras españoladas "S": Carne apaleada (una de cárceles de mujeres, con Bárbara Rey, Esperanza Roy y Terele Pávez) y Una loca extravagancia sexy (disparatado musical protagonizado por Mireia Ros y Raquel Evans).

La caja de los truenos estaba abierta y en los siguientes ocho años se estrenarían más de 500 películas clasificadas “S”.

Con ellas llegó el eScándalo

Ni siquiera estudiosos e historiadores del cine erótico como Joe Krankol y Tomás Pérez Niño (autores del libro España erótica. Historia del cine clasificado "S") saben quién inventó la calificación "S" ni porqué se escogió ésta y no otra letra. Lo cierto es que España entera se llenó de cines que exhibían en su entrada fotogramas llenos de chicas desnudas… con los pezones, los pubis o las rajitas del culo convenientemente tapadas con asteriscos o estrellitas; un país no se cambia en dos días y aún eran mucho los que despotricaban contra el cine erótico: unos por culturetismo progre y otros por conservadurismo cerril.

Así las cosas, el cine "S" se hallaba en una tierra de nadie transitada por una silenciosa mayoría de curiosos, pervertidos o españolitos de a pie con ganas de alegrar la pestaña. Al cine "S" se iba solo o bien acompañado, con un paquete de kleenex y sin palomitas. Se empezaron a ver enigmáticos señores que llegaban con gabardina, barba postiza y gafas de sol por si, al salir o al entrar a la sala, tenían la mala pata de que pasara por allí algún conocido.

Del gore al porno softcore 

Más que un género, el "S" era un cajón de sastre donde se metían todo tipo de películas que “podían herir la sensibilidad del espectador”, por su alto contenido violento, político y, sobre todo, sexual. En este saco sin fondo cabían desde títulos genuinamente gore como Holocausto canibal o Las colinas tienen ojos hasta cochinadas como Yo soy frígida... ¿por qué? o Desenfrenos carnales, pasando por cine extremo de autor tipo Saló o los 120 días de Sodoma, brutal adaptación de Pasolini de la obra más cafre de Sade.

Los principales países exportadores de filmes “S” fueron Italia, Francia, Dinamarca, Suecia y Alemania. De Italia llegaron películas de lesbianas, de cárceles, de violaciones, de nazis, de orgías, de caníbales y de zombies, entre otras lindezas. Los países nórdicos se especializaron en filmes llenos de jovencitas arias jugueteando con sus cuerpos núbiles. Y Francia, que en esto nos llevaba una ventaja de siglos, películas XXX de las que aquí recortaban los primeros planos (pene en vagina, boca en falo, etc) y dejaban el reSto.

España se escribe con "S"

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En muy poco tiempo, nuestro pacato país recuperó el retraso y se puso a la altura de Europa en materia guarrindonga, conviriéndose en uno de los principales productores de cine erótico. Aunque vilipendiados por la intelligentsia cinéfila y por las ratas de filmoteca, los filmes "S" no sólo recaudaban unos 30 millones de pesetas de media sino que dieron al espectador español muchas más alegrías que el 99% de las películas "serias" que se hicieron posteriormente. Al menos, viéndolas no te quedabas dormido.

Decenas de directores de cine españoles se subieron al carro "S", casi siempre escondidos tras seudónimos extranjerizados, porque en aquellos tiempos hacer pelis de tías en pelotas no quedaba nada bien en el currículum de un cineasta (ahora tampoco, salvo que te apellides Medem y ruedes con coartada cultureta: Lucía y el sexo es un filme "S" en toda regla). Para ello tiraban de starlettes, prostitutas, modelos, strippers y actrices con pocos escrúpulos a la hora de quitarse la ropa. Nombres tan raciales como Raquel Evans, Lina Romay, Bárbara Rey, Concha Valero, Teresa Gimpera, Marisa Medina, Sara Mora, Patricia Adriani, Sara Mora, Ana Paula o Francisca Navarro (con el seudónimo de Selene Marquis) pasaron a formar parte de un star system con olor a ambientador de club de carretera y sabor a tortilla de patatas.

Con o sin seudónimo, directores como Carlos Aured (con títulos tan divertidos como El fontanero, su mujer y otras cosas de meter), Ricard Reguant (director de más de 100 películas bajo seudónimos como Richard Vogue o Enrique Guevara, hoy es un exitoso realizador de tele y teatro), Ignacio F. Iquino (productor que, como muchos otros, firmaba las películas para cobrar los derechos de autor; un ejemplo: ¿Podrías con cinco chicas a la vez?), J.J. Puig (otro empresario que regentaba una tienda de imagen y sonido y produjo y firmó películas dirigidas por otros, como Bacanales romanas), José Ramón Larraz (que, aunque hacía cine en Inglaterra, volvió a España cuando se enteró de la cantidad de dinero que era más rentable hacerlo aquí, donde dirigió joyas como La llegada del vicio o El periscopio), Eloy de la Iglesia (con la escandalosa El diputado, que fue clasificada "S" porque el protagonista era un político comunista y homosexual), Alfonso Balcázar (que, bajo el seudónimo de Al Bagram rodaría clásicos "S" como La ingenua, la lesbiana y el travesti o Las viciosas y la menor) y, cómo no, Jesús Franco que, con su verdadero nombre o bajo diferentes seudónimos –los más usados, Jess Frank o Clifford Brown- rodaría dentro o fuera de España decenas de cintas softcore de discutible calidad, como Aberraciones sexuales de una rubia caliente, La noche de los sexos abiertos, Sadomanía, El hotel de los ligues o Justine, delirante adaptación de Sade protagonizada por Romina Power, que entonces ya estaba casada con el almibarado pero liberal Al Bano.

Las películas solían rodarse en tiempo record, aprovechando escenarios, localizaciones (casi siempre en lugares de  vacaciones como Lloret del Mar, Ibiza, La Manga del Mar Menor o Torremolinos) y repitiendo actores y, sobre todo, actrices con poca vergüenza. Hasta 5 películas en tres semanas hacían algunos y, a lo largo de los 10 años escasos que duró la clasificación "S", hubo directores que llegaron a dirigir más de 100 títulos, cosa insólita en un industria cinematográfica tan subdesarrollada como la española.

Mención especial merece el gran Bigas Luna que, con su verdadero nombre, estrenó bajo la clasificación "S" Bilbao, una de las mayores obras maestras del cine español que se convirtió en filme de culto gracias a su fascinante historia de sexo enfermizo entre un psicópata (el diseñador gráfico Angel Jové) y una prostituta (la periodista Isabel Pisano, la única que se atrevió a salir en pelota picada colgando de unas cuerdas y recibiendo un afeitado púbico). Bigas Luna fue uno de los pocos directores marcados con la "S" que, milagrosamente, consiguió seguir haciendo cine con éxito hasta nuestros días, sin traicionarse a sí mismo ni al erotismo omnipresente en sus películas.

Pilar Miró mató a la gallina de los huevos eróticos

En 1982, la nueva Directora General de Cinematografía Pilar Miró (que, para colmo, era una de las realizadoras más soporíferas de la historia de nuestro séptimo arte) acaba con la clasificación "S" precisamente en el año que esta dando más frutos artísticos y comerciales (con joyas tan taquilleras como Las calientes orgías de una virgen, Esas chicas tan p…, El hombre del pito mágico o Depravación). La última película que se estrenaría bajo el sello "S" (aunque era un filme fuerte, rozando la "X") sería Sueca bisexual necesita semental, coproducción hispano-sueca protagonizada por la explosiva actriz nórdica Marina Hedman que contaba la historia de un paralítico que veía cómo su señora se lo montaba con su secretaria.

Durante 1983 y parte de 1984, los estrenos continúan (con títulos tan interesantes como Botas negras y látigos de cuero, Placeres solitarios, Bragas calientes o 1000 sexos tiene la noche), hasta que en marzo de 1984 se abren las primeras salas "X", acabando de un plumazo con una boyante industria que iba a más. En el libro España erótica, Julio Pérez Tabernero afirma que la Miró se cargó la S “sin avisar, eliminando un tipo de cine que tenía su público. La segunda putada se la hizo a la mujer, porque al cine S iban las parejas, pero ningún hombre querrá llevar a su pareja a una sala X. Entre la clasificación para mayores de 18 y la porno hay un hueco que llenaba la S y ya no está”. 

Efectivamente, los 1500 cines "S" fueron desapareciendo y sólo unos pocos se convirtieron en salas "X". Decenas de actores, actrices y directores se fueron al paro (imposible reciclarse en director "serio" en una industria que se convirtió en mafia cultureta). Y los 32 títulos anuales producidos en España, que daban pingües beneficios, se cambiaron por otros tantos estrenos de cine que se supone que eran de calidad pero que, a la postre, resultaron ser en su mayoría soporíferos y poco comerciales.

La venganza de la "S" 

La muerte definitiva del  cine S se produjo en noviembre de 1985: La mansión de los muertos vivientes de Jesús Franco se estrenó en cuatro cines... y nadie se enteró. La industria había desaparecido, el interés por un tipo de cine divertido, sexy, colorista, humorístico y disparatado, también. Ahora había que ponerse serio y parecer listo. ¿La venganza? Ese mismo año se estrenó entre una nube de polémica Cine de medianoche, un programa de televisión que emitía películas "S", metiendo en los hogares españoles títulos como Interior de un convento o El imperio de los sentidos.

En cuanto a Pilar Miró, también parece una venganza divina el hecho de que, años después de haber acabado con el cine "S", cuando la prensa descubrió que se había gastado casi un millón de pesetas de dinero público en trapitos caros, la directora acabara recibiendo un mote ("bragas de oro") digno de un personaje de película "S".

En fin, que más de 20 años después, la influencia del cine "S" aún late en filmes como [Rec] o Ellos robaron la picha de Hitler , pero, con todo y con eso, el cine español se encuentra en uno de sus peores momentos, tanto a nivel artístico como económico. Eso sí, tal vez gracias a la larga sombra del cine "S", en la actualidad no hay película española que no tenga su correspondiente escena de cama y una actriz en pelotas, por lo menos. Pero ni con esas se levanta la taquilla. Esto debe de significar que, como diría Ozores, por fin somos europeos. 

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