La vicepresidenta primera del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega promete su cargo ante un crucifijo
EFE
Jurar, del latín iurare, supone "afirmar o negar algo, poniendo por testigo a Dios", al menos en la primera acepción que señala la Real Academia de la Lengua. Y aunque el diccionario admite otros significados como someterse solemnemente y con igual juramento a los preceptos constitucionales de un país, la alusión a Dios está tan presente en el pensamiento colectivo que no hay político de izquierdas que se atreva a jurar nada.
Ningún alto cargo del Gobierno, ni el presidente, ni los 17 ministros del nuevo Ejecutivo, han optado por esta tradicional forma de acatar las nuevas tareas que se les encomiendan. La fórmula laica de la promesa, con la que uno "se obliga a hacer, decir o dar algo", no requiere por testigos más que a los presentes.
Al fin y al cabo, ninguno de los dos métodos asegura la honestidad de quien los proclama.
La fórmula de prometer ha sido la elegida en las dos ocasiones por José Luis Rodríguez Zapatero, al igual que hizo el ex presidente socialista Felipe González, mientras que los centristas Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo Sotelo, así como José María Aznar, del PP, prefirieron el juramento.
Las dos opciones siempre han estado presentes en la democracia española, pese a que desde algunos sectores de izquierdas se preguntan por qué hay que mantener ambas. Consideran más lógico, dado que España es un Estado aconfesional, utilizar únicamente la promesa, que además respeta el resto de confesiones religiosas.
La presencia de la Biblia y el crucifijo es otro de los aspectos más criticados en este acto, pero resulta obligado mientras exista la posibilidad de jurar el cargo. Su continuidad estará ligada a la supresión o no de todo tipo de símbolos religiosos de los actos públicos.


