Fotografías de archivo deocho de los mas significativos de los 28 acusados por los atentados del 11-M.
EFE Madrid
El 11 de marzo de 2004, varios engranajes que hasta entonces trabajaban en paralelo se terminaron de ajustar. Los trapicheos, las ansias de dinero fácil o el radicalismo religioso se combinaron con los talones de Aquiles del sistema creando un cóctel letal.
El macrojuicio por la matanza de Madrid, que comenzó el pasado 15 de febrero y cuya sentencia se leerá el miércoles, ha sacado a relucir estos elementos -contenidos en un sumario de casi 100.000 folios- y ha hurgado en ellos.
Un pensamiento extremista latente y exacerbado tras el 11-S, un camello radicalizado con una legión de delincuentes a su servicio, una mina caótica y un ex minero esquizoide con acceso a explosivos lograron ir un paso por delante de unas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que siempre oían campanas pero no sabían de dónde.
Radicalidad intelectual
Rabei Osman El Sayed, Mohamed el Egipcio, Hassan El Haski y Youssef Belhadj son las tres personas que se han sentado en el banquillo acusados de la autoría intelectual de la matanza.
"No tengo nada que ver con los atentados de Madrid [...], nunca, nunca", declaró Rabei Osman, en un correcto árabe, en lo que significaba el inicio del macroproceso el jueves 15 de febrero.
El Egipcio, para quien la Fiscalía solicita 38.962 años de cárcel, era un viejo conocido de la justicia internacional tras varias detenciones en Alemania o Italia. Muy ligado a Mohamed Atta, uno de los pilotos suicidas que se estampó contra las Torres Gemelas de nueva York el 11 de septiembre de 2001, las autoridades italianas le identificaron como la persona que, tras el 11-M, reconocía por teléfono a un discípulo que "lo de Madrid es obra mía".
Hassan El Hasky, para quien la fiscalía solicita también 38.962 de prisión, era el presunto jefe en España del Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM). El Hasky, quien sólo respondió a las preguntas de su abogado durante su declaración, negó cualquier vinculación con la matanza o conocer a los principales procesados.
Suya era la vivienda en la que se encontró el célebre ácido bórico, uno de los elementos utilizados por los defensores de la teoría de la conspiración para vincular el 11-M con ETA.
"¿Cómo voy a estar vinculado con ETA si no hablo español? Tal vez en el cielo", exclamó El Hasky durante su declaración.
De Youssef Belhadj, para quien se solicita 38.962 años de prisión, se piensa que es Abu Dujana El Afgani, el portavoz de los terroristas que reivindicaban el atentado en el siniestro vídeo que los terroristas dejaron en una papelera junto a la Mezquita de la M-30 (Madrid) dos días después de la matanza.
También se le relaciona con la cúpula de Al Qaeda en Europa, de la que se piensa que es portavoz.
Belhadj, muy tranquilo durante su declaración, argumentó que su presencia en España se debía al proceso de regularización del Gobierno, ya que "aquí era más fácil conseguir los papeles que en Bélgica", donde fue detenido en febrero de 2005.
Autoría material
Las negativas y las contradicciones fueron la tónica general en las declaraciones de los principales procesados, quienes se empeñaban en contradecir o en justificar con todo tipo de argumentos peregrinos el contenido del sumario. Esto quedó patente con Jamal Zougam, dueño del locutorio Nuevo Siglo de la calle Tribulete en el madrileño barrio de Lavapiés, de donde salieron las tarjetas que contenían los móviles usados en los atentados.
Zougam, quien se enfrenta a 38.654 años de cárcel, era objeto de investigación policial desde 2000. Sus lazos con el jefe de Al Qaeda en Europa, Abu Dadah, el reconocimiento visual "sin ninguna duda" de varios testigos de los atentados y el hallazgo de sus huellas en la furgoneta Renault Kangoo utilizada por los terroristas para desplazarse desde la finca de Chinchón hasta el apeadero de Alcalá de Henares (Madrid) parecían dejar poco lugar para las dudas sobre su implicación.
Pero durante su declaración ante el tribunal, Zougam utilizó una coartada que más tarde repitió su madre. "Estaba durmiendo aquella mañana", argumentó.
La misma negativa pero diferente argumento utilizó Abdelmajid Bouchar el Gamo, un atleta de medio fondo fascinado por la yihad que logró escapar del cerco que la policía organizó en torno al piso de Leganés en el que Serhane Ben Farkhet, el Tunecino y jefe del comando, Jamal Ahmidamel Chino, los hermanos Mohamed y Rachid Orlad, Abdennabi Kounja, Allekema Lamari y Anuar Asri Rifaa se suicidaron el 3 de abril de 2004.
Con gesto serio, los brazos cruzados y mirando al suelo, Bouchar negó haber estado en la vivienda de Leganés, a pesar de que su ADN se encontró en un hueso de dátil contenido en una bolsa de basura, y se desligó de la autoría material de los atentados.
Con este comando dirigido por el Tunecino se relaciona también a los procesados Fouad El Morabit (acusado de integrar la célula terrorista); Mouhannad Almallah Dabas (reparador de electrodomésticos que reclutaba terroristas);Mohamed Bouharrat (encargado de la captación de nuevos miembros y objetivos terroristas); Saed El Harrak (en libertad condicional, permanecía en contacto telefónico permanente con los suicidas de Leganés); Mohamed Moussaten (sobrino de Youssef Belhadj, facilitó la huida de dos miembros de la célula terrorista de el Tunecino) y Larbi Ben Sellam, el mensajero del Egipcio, se encargaba de llevar el material propagandístico a las reuniones.
Trapicheos para una matanza
En el verano de 2003, un marroquí bajito, delgaducho y dentón regresó a España tras pasar varios años en una cárcel de Tetuán (Marruecos) acusado de asesinato. Jamal Ahmidan, apodado el Chino, era un habitual de los trapicheos y del consumo de drogas desde Bilbao hasta Cádiz.
Pero todo eso cambió tras su encarcelamiento. Según testificó su mujer, una ex toxicómana con quien tuvo un niño, Jamal Ahmidan regresó radicalizado de Tetuán. Su modo de vida seguía siendo el narcotráfico, pero sus pensamientos se volvieron abiertamente radicales.
Según declararon varios procesados y testigos durante el juicio, su gran obsesión era llevar a cabo un gran atentado en España para dar un escarmiento. "Cada día mueren cientos de palestinos y a nadie le importa", decía habitualmente.
Ahmidan, pendenciero y carismático, contaba con la colaboración de varios de los procesados para sus trapicheos con drogas y asaltos a joyerías, actividades que sirvieron para financiar la Goma 2 ECO que la célula terrorista dirigida por Serhane el Tunecino utilizó para cometer los atentados.
Estos colaboradores de Jamal Ahmidan eran Basel Ghalyoun (acusado en un primer momento de la autoría material y hombre de confianza de el Chino, la Fiscalía pide 12 años); Hamid Ahmidan (primo de el Chino y fiel colaborador en sus trapicheos, la Fiscalía pide 23 años y seis meses);Rachid Aglif el Conejo (lugarteniente de el Chino y presente en sus reuniones para obtener explosivos, la Fiscalía pide 21 años); Abdelilah El Fadual El Akil (estrecho colaborador de el Chino y que, entre lágrimas, explicó al tribunal que él sólo había vendido ropa de marca de forma legal, la Fiscalía pide 12 años); Mahmoud Slimane Aoun (acusado de falsificar documentos y de permanecer en contacto con el Chino, permanece en prisión provisional ante la posibilidad de que quede el libertad, aunque la Fiscalía pide 13 años) y Nasreddinne Bousbaa (en libertad condicional, se le acusa de falsificar documentos y de mantener varios contactos telefónicos con el Chino poco antes de la matanza, la Fiscalía pide 13 años).
La trama asturiana
En 2001, un marroquí criado en España y que se dedicaba a la fiesta y al tráfico de drogas y de armas, dio con sus huesos en la cárcel de Villabona (Asturias) por un robo con violencia.
El carácter extrovertido de Rafá Zouhier, quien se declaró "superinocente" al inicio de su declaración ante el presidente del Tribunal, Javier Gómez Bermúdez, le sirvió para conocer a muchos de los reclusos en prisión y para convertirse en confidente de la Guardia Civil.
Entre ellos estaba Antonio Toro, ex portero de discoteca y habitual del trapicheo de drogas y explosivos de las minas de Asturias -que se enfrenta a 23 años-, quien le propuso un trato.
Toro, hermano de Carmen Toro y ex cuñado y socio del ex minero jubilado por esquizofrenia José Emilio Suárez Trashorras -quien se enfrenta a 38.976 años por cooperación necesaria-, le habló de la posibilidad de conseguirle hasta 200 kilos de Goma 2 ECO.
Para la obtención de la Goma 2, Suárez Trashorras se aprovechaba del lamentable estado en el que se encontraba la Mina Conchita de Avilés y de la colaboración de Emilio Llano, ex vigilante de la mina y que se encargaba del recuento de los explosivos y los detonadores "sin formación alguna"; Raúl González, quien facilitó el acceso de Trashorras a la mina; Iván Granados, quien acompañó a Trashorras en varios de sus viajes a la mina a por explosivos y Javier González el Dinamita, quien ha quedado en libertad.
En los albores del verano de 2003 Zouhier, un habitual del madrileño barrio de Lavapiés, contactó con el Chino.
"Mi mundo era el hachís y las fiestas", argumentaba constantemente durante su declaración en el juicio Zouhier, quien se enfrenta a 38.958 años de prisión tras la vista oral.
Zouhier jugó entonces un papel de bisagra entreel Chino y Suárez Trashorras que, según él, accedió a asumir dentro de su papel de confidente policial.
El sumario le contradice y le acusa de ser cooperador necesario de los atentados.
A partir de ese momento, comenzaron una serie de viajes en autobús protagonizados por los enviados de Trashorras para transportar los explosivos, que el Chino pagaba con droga o con el dinero que obtenía de ella.
Por estos viajes se acusa a Sergio Álvarez Amocachi, quien declaró que pensaba que llevaba una bolsa con CD piratas y que se enfrenta a ocho años de prisión, y a Antonio Iván Reiss Jimmi, quien aseguró que creía que transportaba droga, y quien se enfrenta a cuatro.
El Chino, impaciente por obtener la cantidad de explosivo que necesitaba para sus propósitos terroristas, se reunió en varias ocasiones con Suárez Trashorras y Carmen Toro en Morata de Tajuña (Madrid) y viajó a Asturias para cargar su coche. El 29 de febrero, los más de 200 kilos de explosivos procedentes de Mina Conchita y los detonadores ya estaban en un zulo de la finca de Chinchón (Madrid) en donde se prepararon las bombas caseras. Todo estaba preparado para la matanza.






