Olivio de Oliveira Dutra
ADN.es Porto Alegre
Palabras clave: elaboración del presupuesto, planificación de la inversión, participación ciudadana, justicia social, gestión urbana... Todas ellas conducen a Porto Alegre, ejemplo durante más de tres lustros de lo que debería ser una administración transparente y democrática.
Esta ciudad meridional con genes europeos, capital del estado brasileño de Río Grande do Sul, está plantada en una de las zonas más prósperas de Brasil. Su herencia, netamente alemana e italiana, pero también española y portuguesa. Un oasis de desarrollo que entra en contradicción con las regiones más pobres y negras del nordeste del país, así como con el despoblado y poco explotado interior brasileño.
Aún así, las diferencias económicas y sociales existentes hace décadas entre la población de Porto Alegre propiciaron boyantes comunidades y bolsas de pobreza instaladas en un mismo espacio. El ayuntamiento de Porto Alegre, con más de un millón de habitantes, desasistía a un tercio de su población tras un proceso de crecimiento y concentración de la riqueza.
Los barrios afectados por la falta de infraestructuras eran, una vez más, los ubicados en la periferia de la urbe, cuya región metropolitana sumaba tres millones de habitantes.
Representación, no sustitución
Tuvo que llegar a la alcaldía Olivio de Oliveira Dutra, uno de los fundadores y actuales líderes del Partido dos Trabalhadores (PT), para que el panorama cambiase por completo. Su objetivo, inspirado en otras experiencias desarrolladas en pequeñas urbes de Brasil, fue integrar en la gestión de los fondos públicos a las multitudes que vivían en infraviviendas que brotaban en barrios surgidos de la nada, una madeja de calles sin pavimento ni alcantarillado.
"Luchamos por la representación de los ciudadanos, no por su sustitución"
"Luchamos por la representación de los ciudadanos, no por su sustitución", explica Dutra a ADN.es desde la sede portoalegrense del PT . "Discutimos con ellos por qué el poder público se había convertido en una maquinaria inoperante que gastaba mucho dinero. Se trataba de dejar claras estas cuestiones y de posibilitar que miles de personas tuvieran conocimiento de cómo los gobernantes elaboraban el presupuesto para inversiones".
El líder petista pretendía, en definitiva, crear un sistema de vasos comunicantes entre los distintos segmentos de población para que analizasen errores y aciertos en la gestión de la cosa pública. El fin, además de racionalizar el gasto, era corregir los desequilibrios financieros, limar los desembolsos y reducir los gastos superficiales, como las partidas destinadas a publicidad.
Diferentes prioridades
A comienzos de los años noventa la población se implicó de lleno en la elaboración de las partidas económicas del ayuntamiento. Unas 14.000 personas acudieron a encuentros y asambleas, aunque fueron 100.000 individuos y 1.000 asociaciones los que se involucraron de una forma u otra.
Las prioridades se revelaron diferentes. Los barrios ricos querían embellecer sus calles y mantenerlas limpias, mientras que los pobres clamaban por infraestructuras básicas, puesto que carecían hasta de saneamiento. "La fuerza del presupuesto participativo fue muy grande", explica Dutra, "porque posibilitó la transferencia de recursos y el redireccionamiento de inversiones, que mejoraron la calidad de vida de la mayoría de la población".
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Para garantizar la plena participación, Porto Alegre se dividió en 16 zonas en función de diversos criterios, aunque también hubo sitio para organizaciones dedicadas a temas concretos, como el transporte, la educación o la sanidad. En las asambleas, al menos tres al año, se fiscalizaban los movimientos del año anterior.
Después, los vecinos de cada calle, barrio o asociación decidían sus prioridades y nombraban a asesores. Finalmente, en una tercera fase, se elaboraba el presupuesto municipal y el plan de inversión.
"Todo ello hizo de Porto Alegre un punto de atracción de inversiones, que a la postre generó más riqueza. También acabaría con el enriquecimiento ilícito y con la corrupción desde su fuente, debido a que se generó una ciudadanía activa y un control, transparencia y eficacia en la definición de prioridades y en la ejecución de los proyectos", comenta el veterano político petista.
El principio del fin
Dutra considera hoy que el presupuesto participativo "no es un remedio para todos los males ni fabrica dinero, pero sí algo más valioso que éste: la ciudadanía despierta y la conciencia ciudadana". Una experiencia, según él, "muy rica, pero lejos de dar de sí todas las posibilidades".
"Eso sí, nuestro proyecto alteró la relación de las personas con la ciudad, con la naturaleza, con la movilidad urbana, con el centro y los barrios, con su autoestima y con su protagonismo. El gobierno de Porto Alegre y, posteriormente, del Estado posibilitó también la organización de las tres primeras ediciones del Foro Social Mundial", apunta Dutra.
La experiencia, en cifras, no deja de ser motivo de estudio en las cátedras de todo el planeta. Un 25 del presupuesto de la capital de Río Grande do Sul fue gestionado por vecinos y autoridades en los primeros años del proyecto.
"El presupuesto participativo no es un remedio para todos los males, pero crea conciencia ciudadana"
La idea fue exportada a los centros neurálgicos de otros estados, pero el gobierno de la urbe dinamizadora de este movimiento terminó pasando a manos de otro partido político, el Partido Popular Socialista, y la idea comenzó a difuminarse.
"Ellos no dicen abiertamente que se opongan al presupuesto participativo, pero están quebrando el proceso desde dentro. Buscan domesticarlo para que esté bajo control de los gobernantes", denuncia Dutra, ministro de Ciudades con Lula en la pasada legislatura. "Antes, la ciudadanía era protagonista y objeto de la política, no sujeto.
Ahora, los presupuestos no se discuten abiertamente y se está reduciendo el potencial transformador del proceso participativo. Cuando, en realidad, tendría que ser un espacio de creatividad y afirmación de la ciudadanía en su plenitud. Porque ésta no debería reducirse a un voto cada cuatro años".





