Porto Alegre es sinónimo de antiglobalización. Pero, detrás de la repercusión mediática que situó a esta ciudad del sureste de Brasil en el planisferio, hay toda una historia que narra la lucha de un pueblo por convertir la democracia en una doctrina tangible que hiciese de los ciudadanos un sujeto activo y no, como suele ocurrir, pasivo.
La urbe que ejerció de sede de las tres primeras ediciones del Foro Social Mundial simboliza la materialización del presupuesto participativo, un sistema revolucionario que permite a la población colaborar, junto a técnicos y autoridades locales, en la formulación y el seguimiento de los fondos municipales. Es decir: cuáles son nuestras necesidades y cuánto destinamos a solventar cada una de ellas.
Una experiencia modélica
Fue en 1988, con la inesperada irrupción del Frente Popular en la alcaldía de Porto Alegre, cuando se puso en práctica este concepto. La idea de aquella coalición de izquierda, con el Partido dos Trabalhadores (PT) en vanguardia, terminaría propagándose a decenas de ayuntamientos de todo el país e incluso del extranjero. Y permitió también a la formación obrerista no sólo gobernar durante cuatro legislaturas consecutivas el municipio gaucho, sino también el estado de Río Grande do Sul (del cual es capital) y hasta la República de Brasil.
Porto Alegre siempre fue el proyecto piloto del Partido dos Trabalhadores
El PT, liderado por el hoy presidente Luiz Inacio Lula da Silva, siempre presentó Porto Alegre como proyecto piloto de lo que podría ser su política en caso de hacerse con el poder ejecutivo de la nación. Obviamente, no es lo mismo gobernar un municipio que un país entero. Máxime si se trata del gigante suramericano, con una extensión similar a la de Europa y una población que roza los 190 millones de habitantes, complejidad a la que habría que sumar sus terribles asimetrías económicas, sociales y culturales.
Brasil camina lentamente hacia ese futuro que nunca llega. Y, en ese tránsito emergente, carga con lastres como quien arrastra grilletes. Cuarto productor mundial de aviones y enteras regiones con hambre gorda, valga la paradoja. Sin embargo, la experiencia de Porto Alegre salió bien. Bebía de otros proyectos anteriores, surgidos en la década de los tumultuosos setenta, años de tortura y plomo. Entonces, en pleno régimen militar, algunas voces lograron zafarse del pensamiento imperante y contagiar a la ciudadanía inéditos tics democráticos.
Por una ciudad más justa
Dirceu José Carneiro, el senador que echó de Brasilia al corrupto ex presidente Fernando Collor de Mello, fue un pionero de la democracia participativa. Él fue quien, como edil o alcalde de Lajes, gestó desde 1972 un nuevo modelo de administración en esta población del estado de Santa Catarina. Su iniciativa, modélica y entonces sorprendente, permitió desarrollar sistemas de ayuda a pequeños agricultores, proyectos habitacionales o programas de salud pública.
El acertado plan caló en las regiones limítrofes (sin ir más lejos, en Río Grande do Sul) pero también en zonas distantes. "El proyecto se exportó desde el sur a decenas de ciudades de todo el país y demostró que la movilización de las personas para obtener respuestas era mucho mejor para la sociedad que las políticas de un gobierno dictatorial. Lajes fue un ejemplo para todo Brasil", explica Carneiro a ADN.es.
Él, que ejerció como senador del opositor PSDB durante la pasada década, consiguió corporeizar un ideal: construir un país más justo. Lo plasmó a pequeña escala, pero el ejemplo cundió, hasta el punto de ejercer de germen de un movimiento que se extendería como una mancha de aceite por las localidades meridionales.
Radicalizar la democracia
Así sucedió en Porto Alegre, donde Olivio de Oliveira Dutra adelantó por la izquierda al favorito a la alcaldía. Corría el año 1989 y, a partir de entonces, su partido impondría una política marcadamente popular durante cuatro legislaturas. Como alcalde, también convirtió a la capital de Río Grande do Sul en el escaparate del PT, merced a las medidas sociales que puso en práctica.
"Cuando llegué a la alcaldía, los ingresos y los gastos públicos eran cuestiones casi secretas"
"Cuando llegué a la alcaldía, los ingresos y los gastos públicos eran cuestiones casi secretas. Las discusiones eran intra corpus y se producían entre el Gobierno, su burocracia y los empresarios que hacían negocios con éstos", aclara a ADN Dutra, que permanecería en el cargo hasta 1992. "Los dispendios eran diseccionados en función de los intereses de los grupos económicos más poderosos, por lo que los arrabales no veían cubiertas sus necesidades y para ellos sólo quedaban las migajas".
Ex ministro de Ciudades con Lula, con quien llegó a compartir apartamento en Brasilia durante los años previos a su irrupción en el Palacio del Planalto, este líder petista entendió que la transparencia facilitaría la gestión de los recursos. "El presupuesto participativo es una forma de radicalizar la democracia para que no se reduzca a la formación de gabinetes y a la representatividad", asegura Dutra, quien intentó trasladar esta idea del plano local al estatal cuando alcanzó el gobierno de Río Grande do Sul.
Camino difícil
No fue nada fácil, debido a la cerrazón de muchos alcaldes que militaban en partidos de la oposición. Además, si Porto Alegre superaba con creces el millón de habitantes, el estado multiplicaba por siete u ocho esa cifra. "Intentamos hacer lo mismo, pero tuvimos más dificultades. Se trataba de gestionar el presupuesto de 496 municipios, pero la aplastante mayoría de ellos estaban gobernados por adversarios poco interesados en proyectos de carácter local".
Hoy, esos oponentes ocupan el despacho del alcalde de la ciudad. El PT fue desalojado en las pasadas elecciones municipales y el actual mandatario, a pesar de prometer que mantendría políticas como las del presupuesto participativo, vacía de poder y agiliza el desmoronamiento desde dentro de un sistema que creó escuela en todo el mundo.

