Al final de su vida le preguntaron a Bertrand Russell a qué daba más importancia, si a la política, a la que dedicó sus últimos años, o al trabajo lógico y filosófico que le hizo famoso. Respondió que si la actividad política tiene éxito es incomparablemente más importante. Se intenta a veces defender la investigación filosófica diciendo que va a mejorar nuestra vida: que nos va a enseñar a ser más felices, o nos convencerá de que lo somos ya; que nos va a hacer ver que la muerte no existe o que, si existe, todavía falta mucho.
Aun si comprensible, es un error. La filosofía no puede arrojar luz sobre aquello que ya está perfectamente claro o sobre lo que, por mal planteado o muy manoseado, está más allá de toda esperanza de solución. La mayoría de lo que se vende como filosofía que resuelve problemas es más bien autoayuda, literatura o religión.
La filosofía tan sólo sirve para aprender cosas sobre el mundo. Por poner un ejemplo: ¿en qué se diferencian las verdades que parece que no podrían haber sido de otra forma- como que dos más dos son cuatro- de las que sí -como que hoy no está lloviendo en Barcelona- si todas son verdades?
La filosofía sólo es útil para quien tenga curiosidad sobre estas cosas. Pero es que todo el mundo tiene curiosidad sobre estas cosas, y por eso todo el mundo, mal que bien, va filosofando por las esquinas o en la cama de noche. Esa es la verdadera razón por la que interesarse en la filosofía: no hay más remedio. Y ya puestos, quizá vale más empezar por donde lo dejó gente tan sensata como Russell.




