"Artículo 1. Queda prohibido a cualquier persona que no tuviere una plaza en el cementerio y deseare ser inhumada en Sarpourenx, fallecer en el municipio.
Artículo 2. Los infractores serán severamente sancionados por sus actos".
El bando que ha adoptado el alcalde de Sarpourenx, un pueblo de 260 habitantes del suroeste de Francia, es absurdo. Pero tiene sentido: a Gérard Lalanne, que acaba de cumplir 70 años y se presentará este domingo para ejercer un séptimo mandato, no le queda sitio para más muertos.
Decisión judicial
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Lalanne pensaba ampliar el cementerio, de 400 metros cuadrados, mediante la expropriación de un terreno agrícola. Con esos 5.000 metros cuadrados suplementarios, habría tenido espacio de sobra . Pero el tribunal administativo de Pau, la capital del departamento, no lo entendió así. El pasado 11 de enero, argumentó que "el perjuicio contra la propiedad privada es excesivo comparado con el interés que presenta la operación".
A Lalanne, no le hace ninguna gracia: "Créanme, estoy pasando unos momentos difíciles. Lo mismo ustedes se lo toman a broma, pero yo no", dijo a la agencia Reuters. "No puedo enterrar [sic] a más gente. Al primer muerto que llegue, lo mando al prefecto, el representante del Estado", asegura. Y arremete contra los jueces: "Quienes tomaron esta decisión tienen que asumirla".
El pueblo de Sarpourenx es un municipio rural, desertado por los servicios públicos y las tiendas. Pascal Faure, que cría 22.000 palomas para la preparación de cocina tradicional, explicó en declaraciones a ADN.es que su comercio, La Roucoulade, "es el único de todo el pueblo".





