"La dependienta del kiosko me dijo que se acababa de producir un accidente, pero yo pensé que se trataría de algún coche que había chocado. Entonces, volví al vestíbulo y me fijé que apenas había personas esperando. ¿Dónde se habían metido? Un compañero me lo aclaró: al otro lado de la carretera se ha precipitado un avión. No me lo creí".
Palabras de Pedro de Lima Marin, un paulistano que en el momento del accidente se hallaba en el aeropuerto de Congonhas esperando la llegada de un vuelo. Trabajador de una institución ministerial, Marin no podía dar crédito. "Todo era absurdo. Nadie espera que un avión caiga en medio de su ciudad".
"En la calle, vi el fuego y el humo. Entonces, finalmente, me lo creí"
Nada más producirse el accidente, Pedro no se encontró con escenas de rabia y dolor. Los responsables de la compañía TAM, a la que pertenecía la nave siniestrada, ya les habían transmitido a los familiares y amigos de las víctimas la noticia del accidente, por lo que abandonaron el lugar. "Apenas me topé con una mujer llorando. Había presenciado el aterrizaje y la explosión", recuerda Pedro, quien nada más salir del aeropuerto se dio de bruces con la realidad.
"En la calle, vi el fuego y el humo. Entonces, finalmente, me lo creí", reconoce. Decidió llamar en ese instante a su hermana, que se encontraba en casa, para que encendiese la televisión y le mantuviese al corriente. "No funcionaban los móviles porque toda la red estaba ocupada. Todo el mundo llamaba al mismo tiempo. No recibíamos información y, lo peor de todo, es que tampoco podíamos irnos del aeropuerto. El tráfico era terrible", dice Marin.
Crítica a la prensa y el Gobierno
"Poco después del accidente, en el vestíbulo de aterrizajes no había familiares de los pasajeros del avión siniestrado. Pero pronto llegaron las cámaras y, a partir de ahí, fue una locura".
Al fin, se enteró de que el vuelo que esperaba, en el que viajaba una delegación de miembros de organizaciones agrarias argentinas, había sido desviado al aeropuerto de Guarulhos, en las afueras de Sao Paulo. Nunca pensó que el avión siniestrado fuese el procedente de Argentina, ya que "los primeros rumores que circularon apuntaban a que el vuelo era de la TAM".
"Tres horas después, pude salir de allí. No me lo podía creer. Hace diez meses, un avión de la GOL se cayó en medio de la selva, pero ahora el accidente se había producido en una de las principales avenidas de mi ciudad", piensa Pedro.
Mientras recapacita, se queja del ambiente generado en el país a raíz de la desgracia. "Nadie investiga las causas reales ni expone claramente las medidas serias que deben ser adoptadas. La prensa, por una parte, practica el sensacionalismo. Mientras uno escucha que está todo bien, los responsables del asunto no parecen estar dispuestos a adoptar decisiones necesarias, como clausurar el aeródromo mientras se llevan a cabo las pesquisas", critica este joven paulistano.
"Se ha generado un clima de acusismo y los medios disparan hacia todos los lados"
Medidas extremas
"Pero no puede ser que los medios aboguen por cerrar el aeropuerto, cuando todavía no se conocen los motivos del choque. Decir eso sin contar con aeródromos alternativos es ridículo, tanto como la ocurrencia repentina de privatizarlos. Se ha generado un clima de acusismo: cada parte culpa a la otra y los medios disparan hacia todos los lados con medidas extremas".
En todo caso, los problemas en la aviación brasileña no son nuevos. "Está claro que los vuelos han crecido mucho en los últimos años, pero no las infraestructuras", concluye este testigo de la mayor catástrofe aérea de Brasil. De momento, Congonhas ha reducido su tráfico aéreo. Y Lula, por fin, ha hablado .




