La Audiencia de Barcelona ha condenado a 83 años de prisión a Pedro Jiménez por el asesinato de dos agentes de Policía en prácticas en el barrio de Bellvitge de L'Hospitalet de Llobregat el 5 de octubre de 2004
El procesado, de 29 años, sólo estará en la cárcel 40 años, el máximo legal, porque la sentencia establece que los beneficios penitenciarios que pueda obtener se aplicarán al total de la pena.
Pedro Jiménez ha sido hallado culpable de dos asesinatos, una agresión sexual, violación de domicilio, incendio, robo con violencia, robo con fuerza y profanación de cadáver, delitos por los que la Fiscalía solicitaba una pena de 102 años y 11 meses de prisión. También deberá indemnizar a los familiares con cantidades que oscilan entre los 30.000 y los 300.000 euros, hasta un total de 780.000.
Pruebas "abrumadoras"
La sentencia señala que la prueba indiciaria para condenarle -a falta de testigos directos que le incriminen- "no es sólo suficiente, sino abrumadora", en referencia, entre otros, a los pelos y al ADN del acusado hallados en los cuerpos de las jóvenes, a las pisadas de sangre y una huella dactilar que dejó el procesado en el piso.
Durante el juicio, celebrado entre el 21 y el 24 de julio, el acusado sostuvo que las pruebas fueron manipuladas para incriminarlo y negó haber cometido el crimen, si bien reconoció haber estado en el piso de las víctimas, para recoger un paquete de droga -insinuando así que las chicas eran traficantes-, y haber mantenido relaciones sexuales consentidas con una de ellas.
De hecho, la defensa sostuvo que Pedro Jiménez, que mide 1,56 metros, no pudo reducir sólo a las víctimas. Sin embargo, el tribunal cree que lo logró intimidándolas con la navaja y porque las agentes en prácticas intentaron aplicar lo aprendido en la academia sobre la importancia de mantener la calma en ese tipo de situaciones y esperar el momento oportuno.
Las jóvenes "no contaron ni con la experiencia y sangre fría del acusado ni con sus verdaderas intenciones", y eso, en opinión de los magistrados, explica que no pidieran auxilio ni se defendieran. Cuando fueron conscientes de que "lo que se les venía encima era la muerte" estaban "atadas y amordazadas, separadas en distintas habitaciones y absolutamente indefensas".
"Una salsa de tortura"
El crimen ocurrió a principios de octubre de 2004, mientras el procesado, que cumplía 30 años de condena por un robo con violencia e intimidación, disfrutaba de un permiso penitenciario dada su condición de recluso de segundo grado.
La madrugada del 5 de octubre, el acusado tomó el Metro en Barcelona, y sobre las seis de la mañana se apeó en la estación de Bellvitge. Dos horas después, vio a Silvia N., una agente de Policía en prácticas de 28 años que se dirigía a su domicilio, en la Rambla Marina, tras pasar la noche de servicio en la comisaría de Castelldefells.
Siguió a Silvia N. sin que ésta se diera cuenta y, aprovechando un descuido, entró en la portería del inmueble, subió al ascensor con ella y, una vez dentro, sacó una navaja y la obligó a dejarlo entrar en su domicilio, donde estaba su compañera de piso, María Aurora G., otra agente en prácticas de 23 años.
Crimen brutal
Tras amordazarlas y atarlas de tobillos, manos y cuello -por lo que si intentaban estirar las piernas, se ahogaban-, el acusado llevó a Silvia N. a la habitación de matrimonio y la ató a la pata de la cama con un cinturón. Después, puso a María Aurora sobre la cama del cuarto de al lado y la violó antes de asestarle cuatro navajazos a lo largo de la columna, causándole la muerte.
Posteriormente, se dirigió a la habitación donde se encontraba Silvia N. y la apuñaló nueve veces en el costado izquierdo -varias de ellas le perforaron el corazón y los pulmones. Tras matarla, la desnudó y la vejó.
Antes de abandonar el domicilio de las víctimas, Pedro Jiménez robó una tarjeta de crédito de María Aurora G., se cambió de ropa y prendió al inmueble, con los cadáveres de las dos jóvenes en el interior. Cuando los Mossos llegaron al lugar de los hechos, lo describieron como "una sala de tortura".
Al día siguiente, fue arrestado en su domicilio de Girona.
Los médicos forenses que practicaron la autopsia no pudieron determinar cuál de las dos chicas murió primero, pero ambas presentaban heridas de arma blanca en órganos vitales y signos de estrangulación. Además, durante el juicio, coincidieron en señalar que, por su expresión facial, su "sufrimiento fue indiscutible".




