Keith Haring, pintando un mural en el Raval de Barcelona en 1989.
Centre Cultural Caixa Terrassa
Tanto por su aspecto -fusión del rapero Vanilla Ice y del artista pop David Hockney-, como por su obra -fulminadora de límites entre la alta cultura de galería neoyorquina y la baja cultura del metro del East End-, Keith Haring es una de las figuras del arte que encaja en cualquier espacio.
Quizá por eso no resulta extraño que el trabajo de un primer espada de los hijos del pop art, aquellos que en los ochenta se hacían fotos del brazo de un Warhol con la cara encerada como una pista de bolos o que recibían en sus exposiciones la visita de un Lichtenstein prejubilado, se exponga hasta el 18 de mayo en el Centro Cultural Caixa Terrassa (Barcelona).
Haring encarnó en su vida y en su obra -en su caso, sinónimos esa Nueva York aturdida por la explosión del punk y el rap, por la plaga del sida y del yuppismo... y por la muerte de John Lennon. Esa ciudad de galerías como la que sale en Jo, qué noche (Scorsese,1985), pero también la de las letras de los primeros raps de Grandmaster Flash o la de grafiteros como Futura 2000.
Aunque ahora su obra se exponga en un centro cultural, Haring, de background académico, prefirió dar a conocer su obra en las calles neoyorquinas antes que cobijarse en el paraguas de una galería. Su visión del papel del artista, pop a rabiar pero implicado socialmente en su entorno inmediato (Nueva York en los ochenta, avanzadilla del mundo occidental de los noventa), queda sintetizado en una obra que firmó en 1984.: un bochinche de todas sus referencias dibujadas y apiñadas sobre un letrero de Coca-cola. ¿Repercusión de sus propuesta? La resume Alexandra Kolossa en su monográfico la editorial Taschen: "Célebre, consolidado frente a sus compañeros, aceptado por los críticos y querido por los niños".
Amigo de Madonna y de Basquiat, cliente fijo de las saunas gays, fan y terrorista de los dibujos de Disney, multado 100 veces en la calle y bailarín de break dance de la discoteca Club 57... todas esas caras de Haring aparecen en su obra. Y todas ellas se muestran en la retrospectiva de 200 obras que se ofrece en Terrassa.
Las obras, que pertenecen a la colección de Sigrid Wecken, repasan todo el espectro de protagonistas -teles, ovnis, perros de hocico cuadrado, bebés a cuatro patas, dibujos animados-, temas-enfermedad, sexo, muerte, baile, racismo, ecologismo, guerra y técnicas-litografías, serigrafías, grafitis-. Incluso se podrán ver sus series en colaboración con mitos como William Burroughs (The Valley) o Andy Warhol (Andy Mouse). otra opción es prestar atención a las pintadas de ciudades como Madrid o Barcelona. Discípulos, fans y copiones no le faltan.
De los vagones al 'merchandising'
En el documental 'Style Wars' sobre el estallido del 'grafiterismo' en el Bronx un niño negro explica sin utilizar un sólo término de jerga artística el 'subidón' que le supone pintar los vagones del tren que después verá toda Nueva York. Su madre en la cocina le mira anonadada: sólo sufre por que le detengan. La diferencia entre el niño anónimo y la generación de 'wonder boys' que saltaron del metro a las galerías liderada por Keith Haring y Jean Michel Basquiat puede estar en la circunstancia (la de una Nueva York llena de yuppies' con dinero quemándoles en las manos y dispuestos a patrocinar el arte) y en la política de autor.
No hubo nada de anónimo en Haring que creó un lenguaje universal y reconocible. Su estilo cercano al 'branding' (no es casual que sus reproducciones se vendan tan bien en las tiendas de los museos en camisetas y alfombrillas para ratón; él mismo las despachó en sus Pop Shops) le hizo parecer banal y coyuntural ligado sólo a la Nueva York del sida y la New Wave. Pero como argumenta Daniel Giralt-Miracle en el catálogo de la exposición su obra es "voluntariamente sintética" y no se entiende sin el mural de su época como fondo.
Jeringuillas rojas en el Barrio Chino
En 1989 Barcelona aún no había explotado con la erupción de autoestima del 92 pero ya era una ciudad presumida. La visita ese febrero de Keith Haring ya enfermo terminal de sida tuvo como casi todo en la ciudad una respuesta dual: algunos lo vieron como un reconocimiento a la urbe ambiciosa. Otros los vecinos del Raval entonces Barrio Chino no le vieron la gracia a los preservativos y las jeringuillas que Haring pintó en la plaza Salvador Seguí en una zona de 'trapicheo' y degradación.
Aquellos no fueron los únicos trazos que dejó Haring en la ciudad: en la discoteca Ars Studio el grafitero de oro pintó un niño con cabeza de flor. Los promotores del club los hermanos Chito y César de Melero grabaron el proceso de creación del mural en Super 8. El vídeo de unas dos horas se proyecta sin montar en la exposición de Terrassa y se convertirá en un documental. En cuanto al mural existe una copia que realizó el Macba y el Ayuntamiento de Barcelona le busca sitio.





