El Gallinero, un poblado de 400 gitanos rumanos a las afueras de Madrid.
Sylvain Cherkaoui
La conciencia de Europa se remueve.
La política de expulsiones de gitanos rumanos que Francia lleva a cabo desde agosto está siendo revisada por la Comisión Europea. La controvertida imagen, quizá por anacrónica, de aviones cargados de los parias de Europa ha llevado el recelo a los campamentos más allá de las fronteras galas. En el Gallinero, un poblado de 400 gitanos rumanos a las afueras de Madrid -con 150 menores-, planea la sombra de una fecha infundada: el 10 de septiembre. "Nos van a echar a todos nosotros ese día", comentaba ayer un joven en el poblado. Es la psicosis generada por la posible vulneración de la libre circulación de los ciudadanos de la UE y la Carta de Derechos Fundamentales. El Gallinero lo es ahora más que nunca. Son 13 kilómetros de abismo los que separan la puerta del Sol y el ignominioso campamento.
Catástrofe higiénica
Alrededor de 80 endebles chabolas emergen de entre el barro, la basura, los roedores sinfín, la ropa tirada, la chatarra, los restos de cable quemado, los coches abandonados... Es el suelo que recorren pequeños descalzos con nombre de futbolista y dentaduras incompletas. A pesar del nauseabundo hedor, de la catástrofe higiénica en que viven, de la intermitente amenaza de las excavadoras que fuerzan la disciplina urbanística, ellos no lo cambian por 300 euros y un billete de vuelta a su país.
Donde nadie más podría hacerlo, ellos viven. "Aquí podemos sacar 30 ó 40 euros al día. Pedimos en la calle, recogemos chatarra... En nuestro país tardamos un mes", explica Lucía, una de las más veteranas del poblado. El acceso a la sanidad y educación pública terminan de desestabilizar la balanza. De hecho, los voluntarios que trabajan en el campamento preparan ya el inicio del nuevo curso escolar. Lucía no puede terminar la charla. En seguida cae sobre ella un grupo de hombres malcarados que protesta por la presencia de los periodistas. "Fuera, no hagan fotos", se quejan. Las operaciones policiales contra los ladrones de cobre en el poblado suelen seguir a la atención de los medios de comunicación.
Carencias innumerables
Incrustado en la Cañada Real Galiana, el mayor asentamiento ilegal de Europa, el sistema de clases los lleva al último escalafón. Los rumanos de El Gallinero son peones de los clanes de gitanos que dominan el tráfico de drogas. "Hacemos trabajos de construcción en sus casas, no pagan mucho", señala Dorian.Las carencias son innumerables. Un pequeño surtidor a un lado del campamento es la única fuente de agua. La luz, que alimenta los electrodomésticos de las chabolas coronadas de parabólicas, procede de empalmes ilegales a las líneas de alta tensión. Por eso son frecuentes los incendios.
"NI SIQUIERA SU EMBAJADA QUIERE HACERSE CARGO"
Con abnegación, unos pocos voluntarios trabajan desde hace más de tres años con los habitantes del campamento. Decir sus nombres es un pasaporte de entrada al poblado.Jorge, Ángel, Paco... Los niños les llaman alborotados. Son gente implicada que sólo ve en las administraciones un sabotaje a su trabajo.
"Tenemos un proyecto para construir letrinas y duchas junto al asentamiento, pero no hemos empezado por temor a que el Ayuntamiento ordene su derribo, como ocurrió con una zona de juegos que ahora es un campo de hoyos", se quejaba ayer Paco Pascual, que trabaja desde una parroquia cercana. "Por lo menos Sarkozy ha planteado qué hace Rumania con el dinero de los europeos", dice Paco. "Ni siquiera su embajada quiere hacerse cargo de la situación de estas personas. Si tienen que hacer algún trámite sobre su documentación es más rápido y barato si van a Rumania en autobús y lo resuelven allí", asegura. Lo que más le preocupa es la crisis humanitaria constante. "Aquí hace falta que intervengan todas las administraciones implicadas", añade.





