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Martes, 16 de marzo de 2010. Actualizado a las 09:36h | Madrid: 18º/2º el tiempo en Madrid

El ‘exilio’ de Nuria

Hasta hace una semana hacía la calle en la zona del Camp Nou y ahora alquila por horas una de las famosas vitrinas del Barrio Rojo, donde la prostitución es legal, y está alejada del acoso policial

  • Marta Català
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  • Amsterdam | 16/09/2009 | comentarios | Votar
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Acaba de hacer un servicio en la cabina. Richard, un turista inglés de unos 30 años, quiere un completo. Se ha encaprichado de Nuria al verla a través del cristal de la calle Bloedstraat en el Barrio Rojo de Amsterdam, donde la joven trabaja desde hace una semana tras dejar la calle en Barcelona.

El cliente entra en la cabina y paga 100 euros en dos billetes de 50. Permanece 20 minutos en el interior de una habitación con luz tenue, de 15 metros cuadrados, tumbado en una cama de 90 con sábanas recién cambiadas y una toalla de tigre. Se deja llevar por la joven. Ella lo sacia de sexo y no permite que él tome la iniciativa: "Siempre mando yo". Lo echa de la habitación nada más terminar el servicio. Ha hecho 300 euros en siete horas. Cinco clientes han pasado por allí.

Son las nueve de la mañana del domingo. Nuria ya se ha despertado. Enciende el canal internacional y la información sobre la prostitución en las calles de Barcelona y la polémica surgida sigue siendo noticia: "Entiendo que los vecinos de las Ramblas se quejen, es una vergüenza que hagan sexo oral en medio de la calle". Se ducha, se viste con ropa deportiva, desayuna un café con leche y un cruasán con jamón york. Se fuma un cigarro de marihuana y se marcha, como cada día, aun centro de rayos UVA: "Así estoy morena todo el año".

Su trabajo está a dos minutos de su casa. Desde la ventana del apartamento de 40 metros en el que vive con una amiga ve uno de los canales del Barrio Rojo. Está rodeado de gente, sobre todo de hombres, autóctonos y turistas, que buscan sexo a buen precio. Dejó la zona del Camp Nou de Barcelona donde se prostituía al sentirse víctima del acoso de la policía y de la caída de los precios en los servicios fruto de la crisis: "Aquí gano más y tengo techo". Desde hace una semana vive exiliada en Amsterdam, la ciudad del sexo por excelencia: "Me quedo hasta diciembre. Ahorraré y regresaré a casa".

De 12 a 7 de la tarde

Hoy tiene el turno de día. Empezará a trabajar a las 12 en la zona de transexuales: "Aunque esté operada no me dejan alquilar las mejores cabinas de los canales". Paga 85 euros diarios por una pequeña que utiliza durante unas siete horas.

Todavía falta una hora para ir al trabajo. Sale de los rayos UVA y se pasa por un local situado junto al canal Oudezijds. Allí están las oficinas donde cada día decenas de trabajadoras del sexo abonan el dinero del alquiler por una de las famosas ventanas rojas. Nuria ha vuelto a su apartamento. Se peina, se recoge el pelo, se pinta los labios, los ojos, se aplica el rímel y el colorete en los pómulos, coge el bolso y lo llena de preservativos. Es una chica segura. Se va a Bloedstraat.

La joven nació en Málaga el 10 de mayo de 1977. Enseguida se dio cuenta de que era una mujer aunque su apariencia física fuese la de un hombre. Nunca contó con un apoyo familiar y empezó a prostituirse a los 16 años para poder ahorrar y hacerse un cambio de sexo. Lo consiguió en 2003 cuando se desplazó a Londres para que la operaran. Hace sólo cinco años consiguió también que en su DNI constara el nombre de Nuria: "Me costó".

No es fácil conseguir una ventana en el Barrio Rojo. El precio nocturno es más caro, 140 euros, pero se gana más. Hay prostitutas que alquilan sus ventanas de forma permanente y, pase lo pase, estén o no activas, deberán pagar por ellas a diario. No es el caso de Nuria: "Ya tengo una, pero no es permanente. A veces nos cambiamos turnos y nos dejamos las cabinas", explica.

Sin impuestos

Ya son las 12. Nuria está en la cabina. Saluda a sus compañeras. Todas españolas exiliadas como ella: "Aquí tenemos un techo, una ducha, calefacción, baño, y todo lo que ganamos es para nosotras". Esas son las grandes diferencias que existen entre trabajar en Amsterdam y el Camp Nou o en cualquier calle de España. A la intemperie no se sienten tan protegidas y no pueden resguardarse del frío si no hay trabajo: "Aquí sólo pagamos por la cabina y no debemos nada a nadie, como en un club, donde tienes que ceder el 50% de las ganancias al dueño". Existe un impuesto en Holanda que ellas no abonan al pasar pequeñas temporadas.

Hoy es un día tranquilo. Laura, tinerfeña, y Chenia, de Las Palmas, tienen las cortinas cerradas. Nuria sigue mirando por el cristal y coqueteando con los turistas que la observan pero no se atreven a preguntar: "Hay que ser muy atrevida y engañar al cliente. Le dices 50 por un completo y cuando está dentro, nanai". El tiempo pasa y hay poca clientela. Son más de las cinco. Nuria se ha fumado un par de porros y se ha comido tres Ferrero Rocher.

El cliente es normalmente un turista de cualquier nacionalidad: "Canadiense, español, italiano, muchos ingleses". Les piden servicios atípicos: "Todo lo que no tienen en casa". Desde un griego (penetración por detrás), a un striptease, un masaje erótico, o escenas escatológicas. Nuria va con pies de plomo: "Yo decido quién entra en mi habitación". Tiene un botón rojo de emergencia situado en un lateral de la cama y de la columna de entrada:"Lo he apretado pero no funciona, hace unos meses una chica apareció muerta en una cabina".

Con 31 años, tiene un cuerpo de infarto y toda la vida por delante: "Quiero ganar dinero para montar una asociación de ayuda al transexual". Dice que la sociedad los rechaza y los aboca a la prostitución. Ella llegó a Barcelona en 1998 y siempre hizo la calle en el Camp Nou y ha trabajado en Amsterdam otras veces.

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Son las 7, hora de cerrar ventana, dejar las llaves de la cabina y cambiar de turno: "Viene una rumana por la noche". El coffee shop de la esquina entre Bloedstraat y Niueuwmarkt es el punto de encuentro de las prostitutas españolas transexuales. Nuria, Laura y Chenia toman café con leche, sándwiches y comentan el día. "¿Qué tal?", dice Laura."Fatal, 300 euros y 100 de ellos por un completo con un inglés al que me he cepillado en 20 minutos y ha salido contento...".

“TRABAJO UN MES AQUÍ Y EN BARCELONA DESCANSO”

Cristina

Malagueña pero residente en Barcelona. 29 años. Trabaja 30 días en Amsterdam de prostituta en una de las ventanas del canal y descansa 21 en Barcelona. Vuelve a casa con 30.000 euros: "Hoy gané 1.300". En Barcelona vive con su novio y nadie sabe que es prostituta. En Holanda comparte piso con Nuria.

Chenia

Nacida en Las Palmas de Gran Canaria. 25 años. Trabaja en Bloedstraat en una ventana contigua a la de Nuria: "Ojalá hubiera una zona de prostitutas como ésta en España". Quiere ganar dinero para acabar su carrera de Historia del Arte: "Tengo claro que este trabajo no es para toda la vida".

Laura

Tinerfeña. 32 años. Es transexual y no está operada. Dice que así tiene más clientes: "Los hombres me quieren así". Lleva un año trabajando en Amsterdam y se quedará una temporada: "Hace frío pero se gana mucho dinero". Luego se marchará. Tiene el turno de día.

Ivon

Nacida en Las Palmas de Gran Canaria. 35 años. Hace 14 años aterrizó en Amsterdam, donde se instaló definitivamente. Es una de las veteranas prostitutas españolas que viven en la ciudad permanentemente. Comparte piso con Yésica, otra trabajadora del sexo de nacionalidad española.

María

Rumana. 29 años. Tiene una hermana gemela que también es prostituta y transexual. Han trabajado en Barcelona y hablan perfectamente español. Viven en Amsterdam en una casa muy grande. María viajará la semana próxima a Barcelona para operarse el pecho una vez más.

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