Hablar con Tzvetan Todorov (Sofía, Bulgaria, 1939), Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2008, es hacerlo con uno de los grandes pensadores de la actualidad. Director del Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje de París, historiador, teórico literario y valedor del humanismo que acuñó su admirado Stefan Sweig, amén de un ciudadano de las dos Europas, la del Este y la del Oeste. Vivió en primera persona un régimen totalitario, el comunista, que marcó su primera juventud y un pensamiento crítico que define en ensayos de la trascendencia de El miedo a los bárbaros, en el que desgrana el enfrentamiento natural entre civilización y barbarie; entre Occidente y Oriente.
Usted sufrió el comunismo en su juventud. ¿Qué piensa a 20 años vista de su caída?
Los que vivimos en países comunistas sentimos una gran gratitud hacia los que derribaron el muro, por su valor simbólico. Conseguimos libertades individuales, algo que no se cuestiona en los países libres. No se puede lamentar nada ni extraer algo positivo de un régimen así. Ahora bien, lo que ha venido tras la caída no es todo bueno, pero, sin duda, es mejor.
La ausencia del comunismo ha creado una sociedad polarizada. ¿No echa en falta una alternativa al capitalismo ultraliberal?
El contrario del comunismo no es el capitalismo. Lo opuesto al totalitarismo es la democracia. El capitalismo es un modo de producción y no un régimen democrático. En los países ultraliberales lo que se considera válido es el interés de unos pocos poderosos, pero la democracia lo que busca es el bien común.
Por tanto, ¿cree que las libertades individuales están en peligro?
El ultraliberalismo no deja espacio para la política, niega las libertades de la mayoría porque prima los intereses concretos. Así, podemos decir que, efectivamente, el ultraliberalismo amenaza el equilibrio democrático. Pero debemos confiar en la política.
¿Está justificada por tanto la visión negativa de EE UU?
No. Hemos asistido a la de- riva de EE UU con la Administración Bush, sobre todo con la escandalosa legalización de la tortura, pero no se puede considerar a EE UU un país en el que las libertades democráticas estén en peligro. Obama ha dado la vuelta a la situación: se opone a las infracciones admitidas por su predecesor.
¿Occidente todavía tiene miedo a los 'bárbaros'?
El miedo a los bárbaros, a la parte del mundo que desconocemos, es una amenaza que siempre ha estado allí. Sentimos amenazado nuestro marco de vida, y ésta es una reacción extendida. Pero el mundo de hoy está interrelacionado y en constan- te mutación: ha cambiado más en 30 años que en los 100 anteriores. Este miedo supone un peligro real. La única solución es la educación, y no sólo en la escuela y la universidad, sino que los políticos, a los que hemos dotado de poder, tienen que luchar contra los demagogos que enfrentan posiciones.
¿Es posible llegar a definir un contrato global?
Tenemos que apreciar nuestros valores y promover nuestras ideas pero no imponer nada por la fuerza. Conceptos como la libertad, igualdad y fraternidad no se imponen por la fuerza, porque conseguimos el efecto contrario. Oriente lo observa como una máscara hipócrita de nuestra ideología. No se defiende bombardeando o atacando a otros países. Debemos hacerlo por medios no violentos.
¿A qué debemos temer?
En 10 años habrá carencia de agua y alimentos. Nuestro problema real es el planeta. Debemos centrarnos en esto.




