Miles de berlineses acudieron la noche del 9 de noviembre a los pies del muro para hacer oír su voz.
"¿Cuándo entrará en vigor?", preguntó un periodista. "Inmediatamente", respondió Günter Schabowski, del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED).
Un error de cálculo en el anuncio de la retirada de las restricciones de movilidad en la Alemania Oriental hizo temblar en la tarde del 9 de noviembre de 1989 los cimientos del muro de Berlín, en pie desde el 13 de agosto de 1961. Fecha en la que el Gobierno comunista de Walter Ulbritch levantó un cercado para detener el goteo incesante de berlineses orientales que escapaban del definido por el historiador Melvin Croan "totalitarismo de consumo" y del "socialismo real".
La proclama del nervioso miembro del Politburó aceleró una muerte anunciada. "¡El muro está abierto!", gritaban en radios y televisores. Millares de berlineses, orientales y occidentales, se agolparon ante la perplejidad de los policías fronterizos frente el muro que los había separado durante 28 años. Al ritmo de las notas del violonchelista Mstislav Rostropovich, que parado a escasos 10 metros del Checkpoint Charlie y ante
un grafiti de Mickey Mouse tocaba a Bach, caía el muro de Berlín.
El mundo, pendiente
Picos, martillos, incluso las propias manos fueron usadas por los mauerspechte (los pájaros carpinteros del muro) ante la mirada atenta de un mundo bipolar que exhalaba sus últimos estertores. En agosto de ese mismo año, un goteo incesante de deserciones a través de las fronteras húngara y austriaca arrinconó al Gobierno de Erich Honecker -en octubre dimitía y dos días antes de la caída del muro, su gabinete en pleno-.
La República Democrática Alemana, creada en 1949 tras el reparto entre las potencias aliadas y la Unión Soviética de la Alemania y de la Europa tras la Segunda Guerra Mundial, estaba en quiebra. Según datos del la OCDE y de la CIA, la deuda pública de la RDA en 1988 alcanzaba los 100.000 millones de marcos.
Además, era ya evidente que el bloque del Este (especialmente Polonia, Hungría y Checoslovaquia) y la gran madre alimenticia y protectora, la Unión Soviética -que hasta el momento había seguido la doctrina Jdánov (el reverso de la Truman, es decir, ayuda a tus amigos y aísla a tus enemigos) en la política de contención- se encontraban en pleno Wende (cambio). En la URSS; desde 1985, Mijail Gorbachov lavaba la cara al comunismo soviético a través de la perestroika (reforma) y la glásnost (limpieza), y en Polonia, la llegada al poder de Lech Walesa del potente sindicato Solidaridad, abría una nueva vía política y especialmente, económica.
Macro y micro historia
La apertura del muro y la (re)unificación de Alemania, en octubre de 1990, ponían punto y final al telón de acero, al mundo bipolar, a la Guerra Fría y según el historiador Eric Hobsbawn, al "corto siglo XX". La nueva era, presidida por el primer presidente alemán del nuevo orden, Helmut Kohl, trajo el desarme internacional (tratados START, por ejemplo) y el nacimiento de una potencia hegemónica, Estados Unidos, que volcaría sus nuevos esfuerzos en política exterior en Oriente Medio -ya en 1991, se iniciaba la Primera Guerra del Golfo- y daría el pistoletazo de salida a la globalización económica.
El "muro de protección fascista" o "el muro de la vergüenza" -según a qué lado de la Alexanderplatz se encontrara uno- unió tras 20 años a un pueblo hermano, masacrado por dos guerras mundiales. El escritor alemán Ingo Schutze (Dresde, 1962), autor de Nuevas vidas, rememora en su última novela Adam y Evelyn-que publicará en breve Destino- los meses previos al 9 de noviembre. "Después de que Hungría abriera su frontera con Austria, se concedió la primera oportunidad de elegir a los alemanes del Este. Un par de meses más tarde, con el inicio de la colaboración política con el bloque oriental, ya nadie pudo elegir".
"La caída del muro sólo es la punta del iceberg. Lo importante de aquel momento fueron las manifestaciones, la toma de conciencia, la independencia y la libertad por las que combatieron los ciudadanos. Claro está, eran una minoría. Pero esa minoría logró abrir una brecha. Yo tuve la sensación de ser empujado desde atrás", explica este novelista, crítico con la unificación, ala que prefiere llamar "adhesión". "Se desaprovechó la posibilidad de transformar también a los ciudadanos del Oeste", concluye.
Fiesta de la Libertad
Dos décadas después y con el trauma ya lejos, Alemania se prepara para el aniversario del fin de la cortina de hierro. El 9 de noviembre, la ciudad celebrará ante la Puerta de Brandeburgo la Fiesta de la Libertad. Los presidentes de Francia y Rusia, Nicolas Sarkozy y Dmitri Medvédev, el primer ministro británico, Gordon Brown, y la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, así como los ex mandatarios soviético y polaco, Mijail Gorbachov y Lech Walesa, encargados de derribar la primera pieza del dominó gigante de 1,5 kilómetros que emula el muro, apadrinarán el acto.
Un apoyo internacional, que aunque parezca imposible, no tuvo Alemania hace dos décadas. Recientemente, unos documentos desclasificados del Foreign Office británico revelaban detalles de la llamada "cuestión alemana". "A Gran Bretaña y a Europa Occidental no les interesa la unificación de Alemania. Lo que dice el comunicado de la OTAN puede parecer distinto, pero no lo tenga en cuenta. No queremos la unificación de Alemania", afirmaba en 1989 la primera ministra Margaret Tatcher. "Alemania tendrá más terreno que el que consiguió acumular Hitler", vaticinaba el presidente francés François Mitterrand. ¿Temía Europa un poderoso corazón industrial latiendo en el centro del Viejo Continente?
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ENTREVISTA
Jean-Marc Gonin
Es coautor junto a Olivier Guez de La Caída del Muro de Berlín (Alianza).
¿Qué clase de hombres y mujeres nacieron de la caída del Muro de Berlín?
Fue más bien el renacimiento de una gran ciudad europea. Para los alemanes, fue su primera revolución popular, una revuelta sin víctimas ni violencia. Emergieron hombres y mujeres que disfrutaban de su recién encontrada libertad.
¿Fue un periodo traumático para una generación?
No. Más terrible fue vivir bajo el yugo del comunismo. Sin embargo, tras la reunificación alemana, sí es verdad que muchos ciudadanos sufrieron un tiempo de adaptación al modo de vida occidental. Cuando naces en un sistema que se hace cargo de todo y no te da a elegir, es complicado redirigir tu propio destino.
¿Cómo ha cambiado Alemania en estas dos décadas?
Para los alemanes occidentales no ha habido mucho cambio. Pagaron más impuestos para ayudar a sus hermanos del Este. La reconstrucción de la antigua RDA ha transformado Berlín de forma brutal, comparado con otros países del bloque, como Hungría o Polonia. Eso sí, en el Este, las viejas generaciones se sienten víctimas de la dura ley de los ganadores. En términos generales, Alemania en estos años ha vuelto a su posición central en Europa.
¿Cómo vivió esa noche del 9 de noviembre de 1989 como joven reportero?
Un hecho como este es único para un periodista. Durante más de 40 años, 16 millones de personas fueron obligadas a callar su voz. Además, descubrieron un Oeste, con sus dificultades y sus bendiciones. Hubo familias reencontradas, los archivos de la Stasi se abrieron, etcétera. Los años 1989,1990 y 1991 fueron de los más interesantes sobre los que trabajar.
¿Apoya los actos conmemorativos?
Es necesario recordar. No se trató de la unificación alemana, fue una reunión europea. Hay que celebrar nuestra libertad.





