Un miembro de la mara M-18.
"A éste le han dado serrucho: le han descuartizado por menudear con droga sin pagarle a la Mara", explicaba ayer, frente a la imagen de una cabeza en una bolsa de plástico, Pedro Gallego, investigador de agrupaciones juveniles de carácter violento de la Guardia Civil. El auditorio del monográfico Bandas: agrupaciones juveniles de carácter violento, que termina hoy en Madrid, asistía estupefacto a las maneras de las Maras.
"Se diferencian de las pandillas por sus vínculos con el crimen organizado y la comisión de delitos violentos, como la violación o el asesinato", dijo Gallego, que apuntó una posibilidad: "Los cambios en los flujos migratorios de Honduras o El Salvador, cuyo destino deja de ser EEUU, puede suponer que aterricen en España. Comparados, los Latin King son ositos de peluche", avisó.
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El origen de las Maras está en las familias salvadoreñas emigradas a EE UU durante la guerra civil de su país (1980-1992). Sus hijos, incapaces de integrarse en Norteamérica, asimilaron los fundamentos de las bandas locales y se agruparon en Maras. La M-13 o Salvatrucha y la M-18, enfrentadas entre sí, son las más violentas. EE UU respondió a la violencia con deportaciones masivas y devolvió el fenómeno amplificado a sus países de origen. Sus rostros tatuados dan fe de una vida dedicada a la delincuencia, un lenguaje descifrable sólo por los que pertenecen a ellas.





