El paseo con manoletinas de Jean Seberg por los Campos Elíseos voceando la cabecera del New York Herald Tribune con una camiseta de publicidad de ese mismo diario conectó la cultura europea y la estadounidense casi tanto como el Boeing707 que, dos años antes, había tendido por primera vez un puente aéreo directo entre París y la Gran Manzana.
Esa imagen de modernidad, la de la periodista yanqui mostrando su glamour en la vieja Europa, en un juego de espejos de fascinación, estaba en cada apuesta de la película donde se incluía: Al final de la escapada. Su director, Jean-Luc Godard, diría más tarde en otro de sus filmes, que da nombre ala productora de Tarantino, Bande à part :"Clásico igual a moderno. Moderno igual a clásico".
Hoy se cumple medio siglo del estreno de uno de los filmes más emblemáticos de la Nouvelle Vague, la Nueva Ola francesa, el movimiento de esos críticos de la revista Cahiers du Cinéma que saltaron al otro lado de la cámara. Desde allí, reivindicaron el cine de EE UU, el de Hitchcock o el de género negro, pero desde una perspectiva europea de autor y más francesa que la baguette.
La apuesta fue un éxito. Al final de la escapada pasó a la historia y vendió 260.000 entradas. Además, si ella adaptaba a su modo, entre lo culto y lo pop, el cine de Humphrey Bogart -mítico el gángster Jean-Paul Belmondo, mirando su reflejo, pasando el pulgar por sus labios y soltando: "¡Bogie!, más dura será la caída..."-, siete años después, una película como Point Black, con Lee Marvin como tipo duro, recogía el guante y cerraba el círculo, con un filme que usaba ha- lazgos de Godard.
Audacias
En su debut, Godard ya incluyó saltos de raccord en el montaje, personajes hablando a cámara, citas cultas -visuales y textuales- en diálogos aparentemente vulgares y caos narrativo con final de , tragedia griega.
Por ejemplo, él siempre decía que para hacer una buena película se necesitaba una mala novela, además de otras frases epatantes como que todo travelling es una cuestión moral -dicho por un director más que inquieto en su tratamiento de las tomas-.
Ya en su día, afirmó que él quería hacer una película policíaca al uso, pero que renunció "por pereza". Aun así, explicaría que acabó haciendo un filme "católico y marxista"-otra de sus pirotécnicas frases favoritas: "Todos somos hijos de Marx y de la Coca-cola"-, grabó en la calle con luz natural y recibió duras críticas de los plumillas canónicos.
Todo esto obtuvo los 50 millones de francos de financiación gracias a un guión original de François Truffaut, compañero de generación ya consagrado gracias a Los cuatrocientos golpes y a la recaudación de dos películas de Fritz Lang -es fascinante su charla con Godard, en The Dinosaur & The Baby-. Medio siglo después, el pelo garçon de Seberg, las muecas de Bel-mondo, el sonido de las calles parisinas y los diálogos de Godard mantienen su aire moderno y su estatus de clásico.




