Tras su muerte, España dice adiós a una histórica generación y a un modelo de intelectual, de hombre renacentista, en especie de extinción. El escritor -por sólo nombrar una faceta-Francisco Ayala falleció ayer a los 103 años en su residencia de Madrid después de "un debilitamiento" de sus facultades físicas.
"No cerrar los ojos al mundo es esencial para vivir mucho", aseguraba pocos días antes de convertirse en centenario. Añadía: "Me preocupa el mundo que heredarán mis descendientes". Así era el ensayista, cuentista, narrador, sociólogo, académico, un comprometido hombre del siglo XX.
Nacido en Granada en 1906, se formó en Derecho y Filosofía y amplió sus estudios en Alemania, a la que llegó en 1929. Fue testigo de la subida al poder de Hitler, impresión que plasmó en Erika ante el invierno. Aunque inició una carrera como letrado, escribía desde los 17 años y pronto se vio inmerso en las corrientes vanguardistas de la época (se vinculó a través de la Revista de Occidente al grupo Ortega y Gasset). Exiliado tras la Guerra Civil hasta 1978 en Argentina, Brasil, Puerto Rico y EE UU, Ayala desarrolló una extensa, versátil y culta obra, desde Los usurpadores hasta Razón del mundo, que le valieron los más importantes premios literarios, como el Príncipe de Asturias. "Ha muerto nuestro patriarca", afirmaba la directora de la Biblioteca Nacional, Milagros del Corral.




