El gentleman por excelencia de la meca del cine y el oscuro ladrón en manos de Hitchcock, el empresario independiente y el resentido actor, la sonrisa más espléndida y el enigmático personaje que se escondía detrás de tal seductor rictus: el tacaño, el vanidoso, el que experimentaba con LSD y con la hipnosis... Las facetas de Cary Grant se enmarcan entre los mil vértices de un diamante tallado: poliédrico, contradictorio, misterioso, una personalidad de apariencia intachable pero abundante en paradojas.
La doble cara de una estrella
No hay mejor cita, precisamente del propio Grant, que ilustre mejor cómo veía su personaje: "Todo el mundo quiere ser Cary Grant. Incluso yo quiero ser Cary Grant".
Archibald Alexander Leach, el nombre de pila de la futura estrella, bromeaba jocoso cuando le preguntaban quién era Cary Grant. "Cuando lo encuentres, avísame", respondió una vez. "Fingí ser alguien que deseaba ser, hasta que finalmente me convertí en esa persona. O él se convirtió en mí", dijo en otra ocasión.
Cary Grant copaba los rótulos de las marquesinas de los cines mientras Archibald Leach jamás llegó a perdonarse el abandono de su madre, que vivió casi toda su vida bajo el estigma de la esquizofrenia. Torturado por una infancia hundida en la penuria de la pobreza, el actor británico escondía su perfil oscuro bajo una elegante silueta y el semblante del más perfecto de los galanes.
Y aunque es recordado como el rey de las screwball comedies -junto a Katherine Hepburn (La fiera de mi niña, Historias de Filadelfia)- y de las comedias románticas -The wedding present, con Joan Bennet, por ejemplo-, fue Alfred Hitchcock quien mejor captó esa doble faceta de Grant y sus inquietantes interpretaciones en Sospecha, Atrapa un ladrón o Con la muerte en los talones que son ya imágenes de la cúspide del cine.
Su gran batalla
La batalla consigo mismo no fue la única ni la más importante que libró Grant a lo largo de su vida y carrera.
Con 66 años y cuatro retirado del cine, recibía en 1970, en reconocimiento a su trayectoria profesional, su único Oscar de la Academia de Hollywood. Al galán de las pantallas estadounidenses, la estatuilla se le había resistido, no años, sino décadas. De hecho, de los más de 70 filmes en los que intervino en sus 34 años como actor, sólo fue nominado dos veces.
Y todo porque los conservadores magnates de Hollywood nunca le perdonaron la ligereza con la que ostentó su relación con el también actor Randolph Scott ni tampoco su independencia a la hora de manejar su carrera, alejado de los grandes estudios y con Chaplin como ejemplo.
"No hay mayor honor para un hombre que el respeto de sus compañeros", dijo tras entregarle Sinatra el Oscar.
Grant fallecía 12 años después, en noviembre de 1982. "No sé qué pienso de la muerte", dijo hacia el final de su vida, para sentenciar, entre la nostalgia y la simpatía: "Me gustaría que me recordaran como un tipo simpático que no creaba problemas".




