"Sois unos penosos individuos aislados. Estáis corrompidos; ya no pintáis nada. Marchad ahora mismo a donde pertenecéis... ¡al vertedero de la historia!".
Esta sentencia de León Trostky fue pronunciada hace 90 años y, como todas las frases grandilocuentes y fatuas, su importancia va más allá de las propias palabras: los bolcheviques, tras hacer la revolución, se habían hecho con el poder, declaraban sus intenciones a quienes no pensasen como ellos y dejaban bien claro que no habría forma de pararles. Nacía así el mito del Octubre Rojo (en realidad la revolución se llevó a cabo el 6 y el 7 de noviembre, pero los rusos aún utilizaban el calendario juliano).
Nueve décadas después, los territorios de la extinta URSS conmemoran el triunfo de Lenin y los suyos en la Revolución de Octubre. Y lo hacen a lo grande, con paradas militares que imitan el esplendor roñoso del imperio soviético, con ofrendas de flores a los pies de las estatuas de Lenin, con discursos que añoran "la seguridad con la que se vivía" en el paraíso socialista. Aún más: todas estas celebraciones han sido llevadas a cabo de un modo entusiasta por los líderes y por el ejército de la Rusia actual. No en vano, una encuesta gubernamental ha dado como resultado que el 30% de la población apoyaría a los bolcheviques en caso de que se repitiera la historia.
El recuerdo del periodo soviético pervive en los mitos que tan bien supo exprimir la cúpula del Partido. De hecho, algunos soldados rusos que ayer desfilaban por la Plaza Roja de Moscú vestían exactamente igual que los que lo hicieron en 1941, justo antes de marchar al frente de la Gran Guerra Patriótica y luchar contra los alemanes. Enarbolando este tipo de banderas casi mitológicas es complicado que una población ahogada por el paro y la corrupción reaccione a la contra.
La Revolución de Octubre fue una ametralladora de metáforas que tabletearon durante décadas sobre las cabezas de los ciudadanos de la URSS. Cuando se dieron cuenta, una vez que la hoz y el martillo dejaron de ondear en el Kremlin, de que "lo que les habían contado sobre el comunismo era mentira pero desgraciadamente lo que les habían contado sobre el capitalismo era verdad", como recordaba Eric Hobsbawm, muchos acuden otra vez a la vieja cosmogonía del Octubre Rojo, la de toda la vida.
Poco ha importado que se abriesen los archivos de la KGB, que se conociese todo sobre la masacres de Katyn, Kronstadt o Tambov, que se supiese de la brutalidad exterminadora de Lenin y Trotsky y que todos, a estas alturas del partido, sepan cómo acabó la cosa. Los iconos de la Revolución, 90 años después, siguen en algunos altares: gente hambrienta que se echa a pelear por su pan y su destino, el zar que paga su sangrienta torpeza, Lenin llega escondido a San Petersburgo y enciende la chispa, el acorazado Aurora abre fuego contra el Palacio de Invierno, todo el poder para los soviets... ya no hay dios, ya no hay zar.
Hace 90 años se buscaba la utopía y empezó una dictadura. Y no iba a ser, precisamente, del proletariado.
El apunte
Los desviados hijos del bolchevismo
El partido ruso que reclama para sí la herencia de la URSS con más violencia es el Partido Nacional Bolchevique -los 'nazbols'-. Ilegal desde el 2005, ejerce una oposición muy dura contra Putin. Su ideología es básicamente el estalinismo más férreo y adoptan sin rubor postulados del nazismo. En esta mezcla reside su curiosidad. Y su peligro

