Se inicia con ese toque mágico, como si uno sintiera la realidad del sueño; en la multitud, entre desconocidos, de súbito te llega una mirada, una voz, y te mareas como si ya hubieras vivido antes esa misma experiencia, como si supieras de antemano todo lo que va a suceder". Así lo describe Sándor Márai en su novela La hermana.
Sharon Moalem, neurogenetista y doctor en medicina evolutiva, nos ofrece en su libro La ley del más débil un escenario más pragmático: "El fascinante olor de alguien que le atrae sexualmente es un indicador de que esa persona y usted tienen sistemas inmunológicos diferentes, lo que le otorgaría a un hijo común una mayor inmunidad que la de sus padres" Y, por lo tanto, mayores posibilidades de sobrevivir.
Así que lo que llamamos flechazo no es más que un hábil mecanismo de la naturaleza y de la danza evolucionaria: la pituitaria reconoce al instante a través de la información que otra persona está enviando, codificada en sus feromonas, al candidato/a más apto para un apareamiento exitoso, e impulsa a su poseedor a que se sienta irremediablemente atraído hacia él o ella. Porque en el fondo todos, desde las amebas hasta los elefantes -pasando, qué remedio, por el ser humano- obedecemos sin saberlo al mismo imperativo genético: sobrevivir y reproducirnos, o eso asegura Moalem.
La moraleja de ambos libros es que no podemos saber por qué se ama.
Pero deberíamos al menos saber cómo se ama: con respeto. Esa es la moral del amor.
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