En la jornada 31, el Barça visita al Madrid en el Santiago Bernabéu. Queda un trecho para ese partido pero, salvo sorpresa, apunta a que será el partido clave de la Liga. Otro clásico del siglo.
Barça y Real Madrid, Real Madrid y Barça cabalgan por la competición como si fueran el caballo de Atila: allí por donde pasan no vuelve a crecer la hierba. Dinamitan a sus rivales en una Liga claramente bipolar. Un torneo sin las alternativas de otros tiempos. Es el poder del dinero.
Cierto es que el grupo de Pep Guardiola, el sábado, tuvo muchos problemas para doblegar al Málaga tras su afortunado empate en Stuttgart. Sin embargo, paradójicamente, recuperó el fútbol perdido, y en eso tuvo mucho que ver la reaparición de Dani Alves, una termita por la banda derecha. Guardiola, desde luego, necesitará que las lesiones no castiguen a su corta plantilla si aspira a otro año memorable.
El Madrid es otra historia. Tiene el problema de jugar con fuego: el multimillonario proyecto de Florentino Pérez y la final de la Champions en el Bernabéu le quita, en ocasiones, el sueño, sobre todo tras el peliagudo 1-0 de Lyon. Pero ha encontrado un estilo, el que le ha dado Manuel Pellegrini, que se ha acostumbrado a las críticas mientras construye un proyecto apetecible. Con cara y ojos.
El grupo blanco es como un martillo pilón, que puede golpear por múltiples lados, como ya se vio en Tenerife, la isla maldita que tantas pesadillas provocó al madridismo.
Si no machaca Cristiano Ronaldo, lo hace un impagable Higuaín, cuyo fichaje cada día está más que amortizado. Con tantos cartuchos, no es tan sangrante que Benzema siga en permanente proceso de adaptación, que Kaká se pase el partido sintiéndose culpable por no acabar de arrancar, que Guti se lesione cuando vuelve al redil o que Raúl ya esté más por galones, y sólo a ratos, que por peso real.
Púgiles
En este duelo casi pugilístico, el Barça tiene el problema de que todas las comparaciones serán odiosas, de que su estilo está cada vez más estudiado por los rivales. Y de que le suceda como a la plantilla liderada por Ronaldinho y compañía: que se aburra y se canse de ganar. Por eso, Guardiola vigila como una madre que el chaval no se le desmadre.
En el Madrid, los fantasmas tienen la forma de los seis goles del pasado clásico. Seis puñales que se clavaron cuando el timón de Juande Ramos, aunque soporífero, parecía más sólido y consistente. El 2-6 sobrevolará, seguro, la jornada 31.




