Nueva Zelanda honró a su ciudadano universal
Reuters
"Alivio y una vaga sensación de asombro". Así explicaba Sir Edmund Hillary cómo se sintió cuando entró en la historia de la humanidad con su logro de escalar la montaña más alta del mundo el 29 de mayo de 1953. Apenas podía imaginar que sería el inicio de una popularidad que no le abandonaría ni siquiera cuando en enero de 2008 falleciera a la edad de 88 años.
Las palabras de Hillary en la cima del mundo pueden parecer falsa modestia si uno no se percata de que aquel hito sólo fue un paso más en la larga vida de aventuras que vivió el neozelandés en su vidacomo refleja el libro Sir Edmund Hillary, Una vida extraordinaria editado recientemente.
Pocos podían sosprechar que aquel apicultor de Auckland pasaría a la historia como montañero. Al fin y al cabo sus antepasados habían combatido en la Guerra Mundial, fundado periódicos y empresas en Oceanía, recopilado goma de árboles para subsistir y formado una particular fama que incluía el gusto por la poesía y el ejercicio físico en un binomio perfecto de cuerpo y mente.
Un joven inquieto
Antes de escalar el Everest en una cita contrarreloj contra los elementos y la competencia de las expediciones suiza y francesa, Ed se había acercado a las islas de Oceanía y a la cultura india en una constante reválida para su moral y su cristianismo. Incluso tuvo que apartar su antibelicismo para enrolarse en la aviación para evitar problemas a su familia, a la que estaba muy unido.
Había desarrollado un físico extraordinario en el trabajo en el campo, en sus viajes kilométricos en bicicleta para ir a la escuela hasta que empezó a desarrollar su pasión por el senderismo y la escalada. Incluso antes de su paso a los Alpes europeos y el Himalaya se recuperó milagrosamente de unas quemaduras que cubrieron todo su cuerpo en la explosión de una lancha, que se unió a otras anécdotas y aventuras como la caza de cocodrilos.
No obstante, su ascenso al Everest fue jaleado en su tiempo como una hazaña mundial. Formaba parte de una expedición con origen británico y su llegada coincidió con la víspera de la coronación de la reina Isabel de Inglaterra. Le concedieron el título de Sir sin preguntar y se convirtió en símbolo de grandeza del Imperio. Pero Hillary no se detuvo allí y encaró otra gran empresa.
La Antártida, segundo hito
Su pasión por la nieve, su condición física y mental y su conocimiento del hielo le permitieron aventurarse a llegar al Polo Sur por tierra. Los relatos de aventuras que leía a escondidas bajo las sábanadas cuando era un niño le habían inspirado y se plantó frente al nuevo reto. Con la adaptación de tractores agrícolas y una dedicación obsesiva terminó abriendo el camino a la investigación de 103.600 kilómetros cuadrados de continente inexplorado. De nuevo sintió alivio. Evitó cegarse con la carrera que habían creado los medios contra su rival porque al reunirse con él en el Polo "estaba francamente encantado de verle".
Tras sus dos hazañas, Hillary volvió al Himalaya con expediciones científicas y su primera mujer Louise, quien fallecería años después en un accidente de avión con su hija Belinda en Katmandú (Nepal).

Además de sus incursiones en la montaña incluso con las temidas ascensiones sin oxígeno se dedicó a labores más altruistas. Junto a su amigo Tenzign Norgay -quien le acompañó en la primera cumbre al Everest- trató de mejorar las condiciones de los sherpas, una raza afincada al pie de las montañas de la gran cordillera con varios proyectos educativos englobados en la Himalayan Trust en los que puso el mismo corazón que en sus anteriores aventuras. Con sedes en Alemania, Estados Unidos, Canadá o Reino Unido todavía premia y beca a los necesitados según las directrices marcadas por su líder.
En 1989 se casó con June Mulgrew, viuda de un amigo, con la que vivió hasta el fin de sus días. Hoy, Lady Hillary y sus descendientes -su hijo Peter también es escalador- tratan de prolongar el espíritu de un explorador de territorios que trasladó su curiosidad a la cultura y la mejora de la sociedad. Murió hace un año, pero su figura todavía recibe tributos a su grandeza y Nueva Zelanda exhibe con orgullo a su ciudadano más universal. El historiado Michael King le describe como el "la perfecta muestra del típico kiwi: modesto, estoico, divertido".
La respuesta a su figura ha sido mundial como el mensaje que le envió la escuela de Khumjung a su benefactor en vida: "Sir Edmund Hillary: La semilla que plantó hace 42 años ha germinado alimentada por su caluroso afecto y seguirá viviendo por siempre, esparciendo su exquisito perfume a su alrededor".





