El equipo de 'El genio alegre'.
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"En el Madrid de 1936 había una competencia feroz en materia de salvajismo”, asegura Juan Antonio Ríos Carratalá en El tiempo de la desmesura (Barril&Barral).Y por eso los cuatro leones que se trabajaban hasta 14 sesiones al día en el teatro Maravillas pronto descubrirían que habían llegado a España en un mal momento para convertirse en estellas de cine.
Formaban parte de Carne de fieras, una de las películas que se rodaban en España cuando arrancó la Guerra Civil y que Ríos, especialista en historia del cine, utiliza para componer un mosaico de vidas, de cómicos, vedettes y folclóricas, tan fascinantes como poco ejemplares.
Vidas de película
Lo extraño es que no haya películas sobre gente como la vedette Tina de Jarque, némesis roja de Celia Gámez. O sobre la actriz Rosita Díez Gimeno, a la que elogió Charles Chaplin y de la que se dijo que era amante de su suegro, Juan Negrín, último jefe de gobierno de la II República –el bulo lo hizo correr el actor Fernando Fernández de Córdoba, el encargado de leer por radio el parte de fin de la guerra, aquello de “cautivo y desarmado...”–. Estas figuras han quedado sepultadas en un doble olvido. “A las vedettes no las reivindica nadie. Ambos bandos tienen una actitud bastante similar”, explica el autor.
También existió un gusto común.“Entre el público popular había muchas menos diferencias que entre las élites culturales”, cuenta Ríos. Igual que las canciones de Estrellita Castro y Miguel de Molina gustaban tanto a republicanos como a nacionales, existía un cine popular para ambos bandos. Ahí cabía, por ejemplo, El genio alegre, protagonizada por una roja, Díaz Gimeno, y un falangista, Fernández de Córdoba.
En el equipo de la película, que se rodó entre la primavera y el verano de 1936, convivían republicanos, socialistas, anaquistas y falangistas. A algunos de ellos les esperaría el exilio y la muerte. Otros correrían a alistarse nada más producirse el alzamiento, para escepticismo de los militares, que poco podían hacer con aquellos peliculeros.
El (poco) cine nacional
A Franco le gustaba el cine (e Imperio Argentina). Y así lo dejó plasmado en Raza. Pero pronto descubriría que el escapismo podía ser un arma todavía más útil que la propaganda –Sombrero de copa, con Fred Astaire, fue la película más vista durante la guerra– y que ni siquiera a los vencedores les gustaba verse en la pantalla grande.
El director Carlos Arévalo pecó de ingenuo y rodó en 1942 Rojo y negro, una versión de la cruzada en la que los héroes eran los falangistas, y no el ejército ni la Iglesia. Su filme se convirtió en maldito y la carrera de Arévalo decayó. Ríos no cree en eso tan repetido de que existen demasiados filmes sobre la guerra, pero sí que hay “mucho de lo mismo”.
Víctimas y verdugos, “historias como la de las 13 rosas, que conmueve pero en la que todo está clarísimo”. Falta, quizá, el cine de pillos y supervivientes. De momento, directores como David Trueba y José Luis García Sánchez han mostrado interés por las historias de El tiempo de la desmesura.





