Para intentar entender la prematura muerte del diseñador Alexander McQueen hay que rebobinar a otros dos fallecimientos. El primero, el de la madre de McQueen el pasado 2 de febrero. Apenas conocido su fallecimiento, McQueen colgó en su Twitter un mensaje que acababa "mum RIP xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx". Y a continuación este otro: "But life must go on!!!!!!" ("la vida debe continuar").
El tono forzado parecía falto de decoro. Algo no iba bien. La otra muerte, también prematura, sucedió en 2007. Su amiga y descubridora, la excéntrica Isabella Blow conseguía por fin suicidarse tras varios intentos, ésta vez bebiendose un producto herbicida.
Blow descubrió el talento de McQueen cuando este era un joven desconocido, el pequeño de una familia obrera de seis hermanos. Cuentan que Isabella persiguió incluso a su madre para llegar a conocerlo y le apoyó hasta que éste triunfó y consiguió vender su marca a Gucci. Blow había sido artífice de la venta y, según los mentideros de la moda londinense, esperaba algún tipo de rol en la nueva empresa. "Todo el mundo obtuvo contratos y ella sólo sacó un vestido gratis", llegó a decir Daphne Guinness, conocida clienta de alta costura.
No faltó quien culpó a McQueen de la muerte de Blow, que se defendió diciendo que eso era "una gilipollez". "Lo que yo tenía con Isabella", añadió McQueen, un declarado homosexual, "estaba completamente disociado de la moda, iba más allá de la moda".
El fallecimiento del diseñador, que llegó a crear colecciones para Givenchy, cierra ahora el trágico círculo y acaba con la posibilidad de saber qué sucedió. McQueen se ha suicidado a un mes de mostrar su nueva colección en París.




