Después del nuevo arte chino y del de Oriente Medio, Charles Saatchi acaba de inaugurar en su espectacular galería del barrio londinense de Chelsea una exposición que se presenta como la última "abstracción" estadounidense.
Saatchi es un perspicaz y astuto coleccionista de arte internacional con un ojo para el mercado: fue el artífice del lanzamiento del joven arte británico, la generación de los Damien Hirst y Tracey Emin, hoy conocidos en todo el mundo.
No es la primera vez, sin embargo, que Saatchi se fija en el arte "made in USA", lo hizo hace ya tres años con una exposición en la Royal Academy of Arts londinense que obtuvo un gran éxito.
Saatchi es un coleccionista privado y la entrada a su galería es gratuita, con lo que puede permitirse mostrar lo que le venga en gana y sin tener que rendir cuentas a nadie, a diferencia de lo que ocurre con las instituciones públicas.
Es difícil encontrar un hilo conductor en esta nueva exposición si no es el eclecticismo y la desmesura; con muy pocas excepciones, las obras expuestas parecen hechas deliberadamente para llamar la atención por su tamaño.
Por lo demás, temática y tratamiento formal varían enormemente: así, Kristin Baker recurre a la abstracción como metáfora de la acción y se inspira en la velocidad para evocar con manchas de colores impresiones y sensaciones de un piloto al volante de uno de esos bólidos de la Fórmula 1 o la fuerza de las olas que amenazan con hacer zozobrar "la balsa de Perseo" en la obra de ese título.
Agathe Snow, que no tiene por cierto nada de abstracto, como ocurre con algunos de los artistas de la muestra, presenta esculturas en forma de crucifijos en las que el crucificado es una especie de monigote de trapo hecho de todo tipo de objetos y materiales de desecho.
Aaron Young exhibe una serigrafía que recuerda las manchas utilizadas en el llamado test de Rorschach y que, vista según las instrucciones del artista, puede representar lo mismo una cabeza de Cristo que al Che Guevara o incluso al asesino Charles Manson.
De Matt Johnson se presenta su escultura de un músico tocando un piano de cola, todo ello en azul -referencia supuestamente al color favorito del francés Yves Klein-, elaborada con lona, papel y acero inoxidable.
Otra pieza suya, una de las pocas excepciones, junto a los ensamblajes de objetos de Paul Lee, a la monumentalidad de las obras expuestas, es una manzana de tamaño natural y en cuya superficie mordida puede verse, si uno se fija atentamente, una escalera como las de M.C. Escher.
Como una de las ilusiones espaciales de ese artista holandés es también la gigantesca escalera espiral en forma de círculo de Peter Coffin.
Stephen G. Rhodes está representado a su vez por una pieza que no tiene tampoco nada que ver con la abstracción del título de la muestra: un gran cubo minimalista devorado por una serpiente gigante.
Los motivos de las pinturas en acrílico de Bart Exposito recuerdan los broches de estilo art deco, mientras que en los cuadrados minimalistas de Dan Walsh pueden encontrarse ecos pictóricos de las esculturas planas de Carl André.
La pareja de artistas de origen cubano Alain Guerra y Neraldo de la Paz, que trabajan con el nombre artístico de Guerra de la Paz, han elaborado una instalación escultórica con un montón de trapos y prendas de vestir, sostenido todo ello por las piernas de nueve personas.
Dentro de esa cacofonía posmoderna, tal vez lo más interesante sean las pinturas más abstractas de todas: las de Mark Grotjahn ("Untitled: Gree Butterfly" y "White butterfly").
Se trata de un artista que no necesita vociferar ni recurrir a formatos monumentales para llamar la atención sino que convence del modo más sutil.

