Con polémica pero sin pausa, los berlineses se van librando poco a poco de los símbolos más nostálgicos de su historia reciente. Aún están desmantelando el Palacio de la República, un mecanismo de relojería arquitectónico que, además de sede al Parlamento de la RDA, era pareja y espejo de la famosa torre de comunicación. Hoy cierran el aeropuerto de Tempelhof, el más antiguo en activo del mundo -junto al Kingsford Smith de Sydney- y el símbolo de la innovación, el glamour y la lucha en diferentes etapas de la vida de la ciudad de Berlín.
El jueves a las doce de la noche salieron los últimos aviones, dos de los míticos Rosinenbomber (bombardero de las golosinas) del puente aéreo aliado que abasteció al sector occidental durante el bloqueo soviético (1948-1949). Tras ello, se apagarán las luces de sus pistas de aterrizaje, en un acto cargado de simbolismo y melancolía para los berlineses.

El hall principal de Tempelhof
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El aeropuerto abrió el 8 de octubre de 1923. Fue el edificio más grande del mundo -"la madre de todos los aeropuertos", según el arquitecto Norman Foster- hasta la inauguración del Pentágono en 1943. No es de extrañar que Hitler y Albert Speer lo integraran a su propio proyecto megalomaníaco de reconstrucción de la capital. La terminal fue construida entre 1936 y 1941.
Durante la guerra, las pistas del aeropuerto fueron bombardeadas hasta las migas, aunque el edificio permanecieron milagrosamente en pie. Hitler había dado orden de destruirlo su caía en manos enemigas pero, cuando las tropas soviéticas lo tomaron el día 24 de abril de 1945, el comandante al mando se suicidó antes de cumplir con su deber.

Los búnkers de Tempelhof
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Mr. Marshal lleva caramelos a Berlín
Cuando los ganadores se repartieron Berlín, todo lo que ahora es Kretzberg con Tempelhof dentro cayó del lado de EEUU. Aquí es donde comienza la historia heróica del edificio, cuando los americanos y los británicos desafiaron el bloqueo soviético, que duró del 26 de junio de 1948 al 12 de mayo de 1949, lanzando paquetes de ayuda y comida sobre la ciudad.
Los aviones aliados se ganaron el apodo de Rosinenbomber por las golosinas que lanzaban a la población en paquetitos con pequeños paracaídas. Las imágenes de los niños berlineses esperándoles con los brazos alzados quedaron como emblema de la mayor operación humanitaria aérea de la historia.
En total se transportaron 2,3 millones de toneladas de alimentos, carbón y medicinas en 280.000 vuelos, a un ritmo de un aterrizaje y despegue cada 90 segundos. La imagen de Tempelhof quedó tan vinculada al Tercer Reich como al puente aéreo aliado y al cine, ya que por él pasaron grandes estrellas en los años 60, como Marlene Dietrich y Marilyn Monroe.
Decadencia y final
En los 70, la construcción del aeródromo internacional del sector occidental, en Tegel, relegó el papel de Tempelhof a vuelos de poca monta, aunque recuperó parte del tráfico con la llegada de las aerolíneas de bajo coste. Ahora, la construcción del nuevo gran aeropuerto de Schönefeld, que debe inaugurarse en 2011, ha precipitado su cierre.
Todas las campañas de salvación de los defensores y nostálgicos han fracasado, ante el hecho de que Tempelhof quedó obsoleto y su emplazamiento, en pleno casco urbano, hace inviable una ampliación.
El alcalde-gobernador de Berlín, el socialdemócrata Klaus Wowereit, desoyó todas las llamadas de salvación y decretó su cierre, por deficitario. El destino futuro de sus 380 hectáreas está por decidir, lo que significa que, sólo en mantenimiento, Tempelhof seguirá teniendo un coste anual de cerca de un millón de euros.




