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Martes, 14 de febrero de 2012. Actualizado a las 04:02h | : el tiempo en

Las bolcheviques también escriben

Alba Editorial recupera la obra de la rusa Aleksandra Kollontai, que participó en la Revolución de Octubre, se separó de Lenin por el aburguesamiento del poder y se convirtió en embajadora por ser demasiado incómoda dentro de la URSS

La rusa Aleksandra Kollontai (1872-1952), célebre dirigente bolchevique que participó en la Revolución de Octubre de 1917, acusó luego a Lenin de desviarse del marxismo y se significó por defender los derechos de las mujeres y su liberación sexual, encontró también tiempo para dedicarse a la literatura y es esa faceta la que ahora recupera Alba Editorial.

El amor de las abejas obreras, obra aparecida en Moscú en 1923, se reedita ahora en castellano y en ella pueden descubrirse numerosos detalles autobiográficos de Kollontai. Compuesta por dos relatos cortos y una novela, tiene como protagonistas a jóvenes mujeres, comunistas de pura cepa, comprometidas con el nuevo Estado soviético pero a la vez críticas con sus carencias. El tipo de mujeres en el que creía esta activa bolchevique.

Los personajes se plantean "uniones libres" más allá del matrimonio, se preguntan si hay algo de malo en la promiscuidad femenina y si la infidelidad es un hecho condenable o ha pasado a ser una derivada lógica y asumible del amor libre

Kollontai fue nombrada comisaria de Asistencia Pública del primer gobierno bolchevique, cargo desde el que impulsó rompedoras reformas sociales, como el derecho al aborto o la ley de matrimonios civiles, que ella misma estrenó en marzo de 1918 al casarse con Pável Dybenko, un marinero comunista diecisiete años más joven que ella.

Sin embargo, su paso por el gobierno soviético fue efímero, pues en la primavera de 1918 renunció al cargo por desavenencias políticas.

Su distanciamiento con Lenin, Trotsky y otros líderes soviéticos se agravó en los años siguientes, cuando puso en pie la Oposición Obrera, una facción dentro del partido que denunciaba la burocracia alimentada por el nuevo estado, la falta de atención a los problemas de las masas obreras, la penetración de burgueses en las estructuras bolcheviques y el proceso degenerativo hacia una dictadura, no del proletariado sino de una casta dirigente sorda al clamor popular.

Estas deficiencias, además de las penurias de los primeros años veinte en la URSS, son el telón de fondo de los relatos El amor de tres generaciones y Hermanas, así como de la novela Vasílisa Malyguina que contiene la obra publicada ahora en España y que, lejos del tono épico que adoptaría con Stalin la literatura realista socialista, ilustra sin tabúes las contradicciones de una sociedad a la que le cuesta despegarse de su conservadurismo moral.

Feminista y bolchevique

Como la propia Kollontai, las mujeres que aparecen en la obra rebosan energía y orgullo, no se resignan a que el Estado soviético se quede a medias en la emancipación femenina y ponen sus principios por delante de cualquier otra consideración, aunque tampoco esconden sus dudas morales ante los acelerados cambios sociales.

Los personajes se plantean "uniones libres" más allá del matrimonio, se preguntan si hay algo de malo en la promiscuidad femenina y si la infidelidad es un hecho condenable o ha pasado a ser una derivada lógica y asumible del amor libre.

Por supuesto que el amor también tiene cabida, según Kollontai, en la sociedad soviética, pero su ideal de pareja no pasa sólo por amarla, sino sentirla además como camarada, compartir unos ideales de lucha y poner casi al mismo nivel la relación amorosa y el compromiso político.

El espíritu crítico de Kollontai se hizo demasiado incómodo para los jerarcas bolcheviques, que en 1923 la enviaron de embajadora a Noruega, años más tarde a México y finalmente, de 1930 a 1945, a Suecia.

Curiosamente, ese destierro encubierto la salvó de las purgas estalinistas de los años 30, que afectaron a la práctica totalidad de dirigentes bolcheviques que habían participado en la Revolución de 1917.

Kollontai regresó tras la Segunda Guerra Mundial a Moscú, donde murió a los 80 años, en 1952, uno antes que el propio Stalin.

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