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Sábado, 21 de noviembre de 2009. Actualizado a las 10:09h | : el tiempo en

Invocando a Aleister Crowley, padre del mal

La edición final y más completa de la biografía de Crowley, 'La gran bestia', y las recientes exposiciones de su obra pictórica en París traen al altar de los sacrificios a una de las figuras más misteriosas y excesivas de la magia esotérica

  • Alberto Monreal
  • ,
  • Madrid | 28/08/2008 | comentarios | Votar
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Puede que Aleister Crowley no haya sido ni de lejos la persona más malvada del mundo, pero posiblemente sí haya sido una de las aquellas cuya vida ha sido más interesante y extraordinaria. En su camino se han cruzado los excesos más fantásticos, las perversiones más ocultas, y los rituales más peligrosos. Poeta de la lujuria, sátiro de la anarquía, esclavo de las pasiones más extremas, profeta de la libertad pagana, y sobre todo, un fantástico mago de las artes oscuras.

Así le describe John Symonds, fallecido hace dos años, autor de La gran bestia (Siruela, 2008), la que se reconoce como la obra más completa y exhaustiva del excéntrico sacerdote esotérico que aterrorizó a la pacata sociedad victoriana de finales del siglo XIX y principios del XX.

De hecho, que mejor que su albacea y editor literario para narrar con increíble vehemencia la vida y milagros de su objeto de estudio, un Aleister Crowley al que disecciona con mordacidad, y con el que en ocasiones se pronuncia muy duramente, sobre todo ante los fantásticos episodios de amoralidad de Crowley, los cuales son fustigados frecuentemente por la conservadora moralidad de Symonds.

Existen otras biografías más benignas con Crowley, entre las que destacan, evidentemente, su autobiografía, ya que Crowley carecía de humildad, llamada Las confesiones de Aleister Crowley, y otras sin traducción al castellano como The legend of Aleister Crowley de Israel Regardie, P.R. Stephensen y Christopher S. Hyatt, Do what thou wilt: A Life of Aleister Crowley de Lawrence Sutin, o ensayos de acercamiento a su obra tan interesantes como Portable darkness: An Aleister Crowley reader por Robert Anton Wilson, Scout Michaelsen, y ni más ni menos que Genesis P-Orridge, del grupo de música industrial Throbbing Gristle.

La gran obra

Entre la locura y la realidad, La Bestia 666, como le gustaba denominarse, proyectó una torre de marfil con la que derrocar todo convencionalismo. En parte esta innata rebeldía se cimentó en una desgraciada infancia en el seno de una familia extremadamente religiosa. Su propia madre, perteneciente a una sociedad ultra cristiana, fue la primera en santificarle como Bestia, en alusión a los pasajes bíblicos del Apocalipsis.

Con la edad de 8 años, Aleister, por aquel entonces Alexander, ya apuntaba maneras realizando extraños experimentos. Por ejemplo asesinando a un gato nueve veces, de nueve distintas maneras, desde envenenarlo, hasta acuchillarlo, y hasta gasearlo, todo para demostrar a su madre que los gatos no disponían de ocho vidas. Está claro que Crowley aceptó en su sentido literal, y totalmente estigmatizado que él era La Bestia, y estaba dispuesto a comportarse como tal, con el fin último de escandalizar no solamente a su familia, sino a toda una pacata sociedad victoriana a la que aborrecía.

La personalidad indomable e irreverente le llevó a llamar a todas las puertas prohibidas de la sociedad con tal de provocar, de agitar las conservadoras conciencias pequeño burguesas. Tras un breve pero intenso paso por la universidad –fue un erudito estudiante-, enseguida comenzó su carrera literaria, especialmente poesía, que compaginó con dos de sus grandes pasiones, el montañismo, y los viajes que le llevaron por todo el mundo, especialmente a Egipto y la India, buscando información para ampliar sus conocimientos esotéricos. También pasó por España, país que le fascinaba pero al que catalogaba como salvaje.

Especialmente importante fue su obra pictórica, recogida recientemente en diversas exposiciones, ofrecida al público hasta el pasado 11 de agosto en el centro Pompidou de Paris, y presentada por el rey del queercore, el cineasta Kenneth Anger, uno de sus seguidores más apasionados y autor del cortometraje The man we want to hang (2002), dedicado sus pinturas.

Sus ínfulas artísticas competían con sus continuas provocaciones públicas. Fue echado de los ingenuos clubs que lo admitían -en varias ocasiones por pasearse desnudo- apoyó la ideología nazi en ambas guerras mundiales en contra de su propio país, y nunca escondió ni su bisexualidad ni su desmedida libido –en su firma la letra A de Aleister tenía forma de pene- hasta que finalmente consiguió lo que quería, ser la persona más odiada del puritanismo inglés de la época. Los periódicos victorianos encontraron un filón en sus escándalos.

Las encarnaciones de la Bestia 666

A las numerosas vidas anteriores y reencarnaciones varias, se le suman también diversas encarnaciones en vida, estadios fantásticos y camaleónicos por los que Crowley iba pasando, desde Perdurabo, hasta Lord Boleskine, Chioa Khan, Alastro de Kerval, etcétera, todos llevados con fantasía y dadaísmo, ataviado cada cual con surrealistas disfraces, por lo que no era extraño verle vestir babuchas y turbantes en pleno centro de Londres.

Sus primeros pasos en el ocultismo los dio de la mano de la Orden de la Golden Dawn, dónde coincidió con el poeta irlandés W.B. Yeats. Enseguida comenzó su propio camino, con la idea de ser el mago más importante de las ciencias ocultas. El libro de la ley fue su obra más influyente, dónde subrayó la doctrina más esencial de su pensamiento mágico: haz lo que quieras. Es la palabra de la ley, la palabra de Thelema –voluntad-, guiado por lo que él llamaba el Aiwass, un ente esotérico parecido al Ángel de la Guarda cristiano, una entidad superior que guiaba a trascender y a convertirse uno mismo en una deidad, en el mismo Dios.

Sacerdote del deseo

Los rituales y prácticas mágicas de la Orden de Thelema tenían un importante contenido sexual. No había límites en esos rituales, entre los que se encontraban la cópula sin límites de ningún tipo, la pedofilia, la sangre menstrual y las secreciones humanas, incluidos los excrementos –Crowley era coprófago- que se combinaban con la ingestión de diversas drogas de todo tipo a las que el ocultista era adicto. Todo ello con el propósito de llegar a un estado en el que la conciencia estuviera más receptiva a los mensajes del más allá.

Para sus excesivos rituales, Crowley dispuso de diversos lugares sagrados, siempre ubicados al norte, donde disponer con sus fieles de la tranquilidad y paz necesaria. Su templo más conocido es el palacete de Boleskine (Escocia), comprado posteriormente por el guitarrista de Led ZeppelinJimmy Page. La Abadia de Thelema, en Cefalú (Sicilia), ya en sus últimos años, fue su residencia-templo habitual, lugar de peregrinación para sus numerosos seguidores, junto a su séptima mujer escarlata, Leah Hirsing, donde recreó un estilo de vida muy cercano a la naturaleza, rodeado de rituales, sexo y drogas, y que sin duda alguna fue un adelanto de lo que posteriormente sería la cultura hippie.

La decadencia del profeta

La muerte de uno de sus seguidores, Raoul Loveday, en el Templo de Thelema, hizo que alguien mucho más peligroso y malvado, Mussolini, le echara de Italia. A partir de entonces comenzó un progresivo declive en el que sus problemas de asma fueron carcomiendo su vida, hasta su fallecimiento a los 72 años en una casa de huéspedes en Hastings, Inglaterra. Cuenta la leyenda que sus últimas palabras fueron "a veces, me odio a mí mismo...".

Pero para entonces sus seguidores eran ya legión. Sus textos fueron reinterpretados y hoy en día existen numerosas órdenes y asociaciones que mantienen vivo el fuego de sus enseñanzas, desde la Iglesia de Satán que fundó Anton Lavey hasta diversas sociedades thelemicas y esotéricas, entre la que destaca la OTO (Ordo Templi Orientis).

Han sido numerosos los literatos que tuvieron relación con él, tan dispares como W.B. Yeats, Marcel Schwob o Fernando Pessoa. Pero ha sido precisamente en el rock donde la impronta de Crowley ha sido decisiva, desde los Beatles, pasando por Led Zeppelin, hasta otros más actuales como Marilyn Manson o Tool. No está nada mal para haber sido un renegado truhán.

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