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Al salir del infierno

Odette Elina fue condenada a la maldición en vida cuando la llevaron al campo de concentración de Auschwitz | Cuando salió decidió que tenía que escribir sus experiencias antes de que el tiempo las transformase a su antojo

  • Carmen Álvarez
  • ,
  • Madrid | 31/07/2008 | comentarios | Votar
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Una de las imágenes de 'Auschwitz. Álbum fotográfico de la tragedia'.

Yad Vashem

El tiempo no tiene buena memoria. Idealiza, condena, pero nunca es cien por cien fiel a la verdad. Por eso la escritora judía Odette Elina (1910-1991) decidió, recién salida de los barracones de Birkenau (la zona de Auschwitz destinada a mujeres), escribir el diario de su paso por el infierno. Sin florituras, sin estridencias, simplemente fiel a la realidad.

Sesenta o setenta años después del Holocausto, parece que ya lo sabemos todo sobre el horror nazi. Duchas que reducían a humo centenares de cuerpos humanos. Hambre hasta ser piel y huesos. Hacinamiento. Exterminio. Dolor. Pero con Sin flores ni coronas vemos las fotografías de todo ello a través de pequeños capítulos, casi apuntes tomados al vuelo y que en la edición de Periférica se ven acompañados de los dibujos que pintó la escritora.

Sus textos cortos y directos nos presentan a protagonistas como Hella -"No era hermosa. Con aquella narizota y aquellos ojos, más bien apagados"- o Yvonne -"Era una extraordinaria chica de Lorena, de mirada pura"-. Para luego arrebatárnoslas, como hicieron con ellas sus verdugos. "Nunca más la volví a ver. Los alemanes se la llevaron y la quemaron", cuenta de Hella. De Yvonne asegura: "De entre todas, era ella quien más merecía regresar".

Y es en ese momento cuando tomamos conciencia de dónde estamos, de que no fueron cifras y cifras de judíos los que murieron. Fueron personas como Yvonne y como Hella. Elina tuvo la suerte de sobrevivir, pero quién sabe lo que hubiese ocurrido si los rusos hubiesen tardado más en llegar.

¿Quiénes son los verdugos?

La autora judía -y comunista, de hecho fue apresada por este último motivo- también refleja el nivel de sordidez moral al que puede legar el ser humano cuando se le coloca en las peores condiciones. Algunas de sus compañeras son aves de rapiña y prefieren ejercer de soplonas ante los guardianes que las desprecian que mostrar algún tipo de solidaridad con sus iguales.

La crítica es tan dura que incluso la autora, que en 1981 decidió reeditar el libro, escribió un breve prefacio en el que, entre otras cosas, aseguraba: "No es en estos últimos (por los presos insolidarios) sobre quienes recae mi relato, sino en aquellos que les condujeron a tal estado". Y lanza un último aviso: "Dedico esta nueva edición a los que aún no habían nacido en 1945. Que este testimonio pueda despertar en ellos el horror al nazismo, pero también la esperanza en el porvenir del hombre".

La superviviente

Decían los que la conocieron que siempre hizo gala de un gran sentido del humor. Comunista convencida aunque de orígenes burgueses, nunca abandonó su causa y trabajó durante años para que la memoria del Holocausto no se perdiese.

Sin flores ni coronas fue publicada por primera vez a finales de los años cuarenta. No tuvo demasiado eco y tampoco cuando volvió a editarse a comienzos de los ochenta. Hace unos años, sin embargo, la fama le llegó casi por casualidad cuando fue recuperado para una obra de teatro y consiguió la repercusión que antes no había tenido. Ahora Periférica nos da la oportunidad de leerlo en castellano.

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