Después de asistir a catorce años consecutivos de Festival de Benicàssim, el fiber experimentado aún puede agotar las últimas horas de celebración bajo el fuerte efecto de un shock musical.
La grandeza de un festival no reside en su capacidad de convocatoria -148.000 personas en 4 días- ni en el impacto económico que genera -14 millones de euros, ambos datos según fuentes de la organización- sino en la intuición de contratar y programar en una noche de luna llena, uno después de otro, a Morrissey y Siouxsie, bajo las majestuosas luces del Escenario Verde.
Artistas como ellos no dan conciertos, sino que imponen las reglas de un mundo que no es este, es otro, donde se corre el telón y ese hombre que yace tirado en el suelo durante la inundación de lava que produce la canción Life is a pigsty se mezcla con los primeros acordes de How soon is now, eres tú.
Se abre el telón y la mujer que desea feliz cumpleaños a una canción, porque ya son 30 los que han pasado desde Hong Kong garden, también eres tú.
Cuando al correrse el telón Morrissey se desviste y limpia el sudor con su camisa en un acto de santidad y te la arroja a ti, a tus manos, pasamos la noche oliendo su aroma. El artista se fue en su coche o se quedó dentro de su camisa o se transformó en sacerdotisa y salió enfundada en mallas de plata.
Eras tú el chico que se atrevió a salir al escenario a desenredarle el cordón del micrófono a Siouxsie o eras tú la mujer que le expulsó de su territorio a golpe de latigazo y grito de "al menos sé útil para algo". No es fácil recordarlo, pues el telón aún no había caído.
La palabra festival pierde sentido de tanto usarla. Pero el fiber experimentado mira hacia atrás y recuerda lo que quisieron decir los promotores José Luis y Miguel Morán cuando en 1995 llamaron para que tocaran todos juntos a sus grupos favoritos que pinchaban en la sala Maravillas.
Un festival existe para que una confluencia monstruosa y espectacular como la de dos conciertos perfectos de dos ídolos impresionantes como son Siouxsie y Morrissey pueda suceder.
El año que viene, la empresa Mean Fiddler tomará el control de la gestión del festival y si éste cambiará en algo o no, es una incógnita para la que habrá que esperar muchos meses.
Los actores se despiden. Aplausos. Se baja el telón.




