Joyce se preocupaba por las tapas, el papel y la tipografía de sus libros, hasta el punto de que no paró (hizo que Sylvia no parara) hasta conseguir el azul exacto que quería para la cubierta de Ulises. Después de editar los libros con sumo cuidado, el escritor quería que se vendiesen baratos, al precio que consideraba que sus verdaderos lectores podían pagar. Arruinar a su editora "era un asunto por el que sentía total indiferencia". "Así pues, o bien uno lleva el negocio editorial completamente al margen del escritor para que este no pueda meter las narices, o bien hay que hacerlo en estrecha colaboración con él, lo que es mucho más divertido, pero también mucho más caro".
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