Portada de 'Fricción', del novelista mexicano Eloy Urroz.
Alfaguara
Amor, Discordia, Eusebio, ¿qué son? ¿Acaso son las fuerzas que mueven el mundo, como refrendaba el famoso Empédoclescinco siglos antes de Cristo? Amor une; Discordia separa y disgrega, intuía con acierto el filósofo. El odio que Discordia impone forma parte de su propia naturaleza,Discordia atrae a lo semejante por lo semejante, mientras que Amor, al contrario, atrae las cosas que no son semejantes.¿Cómo es eso? Amor o Afrodita es, digamos, esa fuerza gravitatoria, imantatoria si cabe, que busca mezclar los cuatro elementos, las raíces originales que lo constituyen todo. Al menos eso decía ese aristócrata excéntrico quemoró en la antigua y alta Akragas, colonia floreciente de Sicilia. En cambio, Eris, Discordia, argumentaba, tiende al odio y a la dispersión que a su vez conforma otra serie de conjuntos en una masa separada... pero no ya en el Conjunto total. Cipris, Philía, Amor, es, pues, la causa del bien,del reposo, de una aparente serenidad o stasis; Discordia, en cambio, la causa del mal, la volición y la kinesis. Y este universo en el que estamos aferrados Irene, mi mujer, y Emilio,mi hijo; Fedra, mi ex mujer, y Dulce, mi adorada hija; Tino y Javis y Estéfano Morini, mis colegas del departamento de lenguas; Jeff Davis y Gaudencia Gross-Wayne, mis obstinados enemigos en Millard Fillmore University, y todas las demás almas con quienes habito y disputo a diario como un enajenado, todos formamos parte de una Esfera eterna, perfecta, donde las cosas cambian constantemente de y donde nada jamás se destruye sino simplemente se combina, se mezcla, igual que los cuatro colores en la paleta de un pintor.
Pero ¿acaso no sería coherente llamarle a todo este amasijo de húmeros y tripas con una palabra: fricción? Fricción de los colores o limadura de los cuerpos, fricción de la inquina y el deseo, de la traición o la amistad; fricción y rozadura de los celos, del sueño y la concupiscencia obstinada de los hombres. ¿Acaso no es verdad que de la misma fricción desesperada de la carne (la carne del padre y de la madre) surgimos una noche cualquiera de hecatombes? ¿Acaso no es así que, al final, venimos todos a nacer o a transmigrar hacia otra vida más feliz o más jodida? ¿Acaso no tenía razón Empédocles?





