PARTE 1
En la ladera de una árida montaña, cuya cresta pelada dibujaba en lo alto del cielo oscuro un contorno resplandeciente y fantasmal, un brillo enrojecía las fachadas de los palacetes de mármolque allí se agolpaban. El sol invernal se estaba poniendo por el Golfo de Génova. Más allá de la inmensa costa, hacia el este, el cielo era como un cristal oscurecido. También el mar abierto aparecíacristalino con una pátina púrpura en la que la luz de la tarde se demoraba como si quisiera aferrarse al agua. Las velas sin viento de unas cuantas felucas lucían rosadas y alegres, inmóviles en la penumbra que de todo iba adueñándose. Todas las proas se dirigíanhacia la soberbia ciudad. Al abrigo del largo embarcadero que teníauna torre circular y achaparrada en el extremo, el agua del puerto se había ennegrecido. Una embarcación mayor con velas cuadradas salía de él y, frenada de repente por la llegada de la calma, encaraba el rojo disco del sol. Su insignia ondeaba y los colores no se podían discernir. Pero un hombre delgado, con una chaqueta de marinero raída y un extraño gorro con borla, y cuyos brazos se apoyaban en la culata negra de una enorme pieza de artillería -que junto a tres de sus monstruosas compañeras ocupaba la plataforma de la torre-, parecía no tener ninguna duda sobre la nacionalidad de la embarcación; cuando se lo preguntó un joven de civil enfundado en un largo abrigo, con unas botas a la alemana y un rostro de aspecto ingenuo que asomaba por encima de los pliegues de un fular blanco, el hombre respondió con sequedad, retirando una pipa corta de la boca pero sin volver la cabeza.
-Es de la isla de Elba.
El hombre se volvió a colocar la pipa entre los labios y mantuvo su actitud poco sociable. El joven elegante de rostro agradable -que era Cosmo, el hijo de Sir Charles Latham, de Latham Hall, Yorkshire- repitió en voz baja «de la isla de Elba» y permaneció allí, envuelto en el abrigo, contemplando el barco encalmado con su bandera indistinguible.
Sólo cuando el sol se hundió en las aguas del Mediterráneo y la bandera indistinguible fue arriada en el barco inmóvil, el joven se desperezó y dirigió su mirada hacia el puerto. Allí, el objetomás cercano era la imponente figura de un buque de guerra inglésfondeado en el lado occidental, no muy lejos del atracadero. Sus grandes mástiles superaban los techos de las casas y la insignia inglesa acababa de ser arriada del asta y sustituida por un farol que resplandecía de forma extraña en el claro crepúsculo. Las siluetas de los barcos que se agolpaban a la salida del puerto se mezclaban unas con otras. Cosmo recorrió con la vista la plataforma circular de la torre. El hombre apoyado en el cañón seguía fumando con indiferencia.
-¿Es usted el guarda de la torre? -preguntó el joven.

