
Reedición de El alquimista
Planeta
Tenía mucha ansiedad, me había pasado todo el día retrasando el momento. Me había despertado temprano, pero decidí leer primero el periódico, como si eso fuese una prioridad. Lo leí de cabo a rabo, incluso los clasificados (yo, que había dejado mi trabajo para embarcarme en ese mundo «peligroso e imprevisible» de la literatura). Tras una hora y media de lectura metódica y atenta de las páginas impresas, decidí que era necesario salir de casa, intentar olvidar esas noticias que, de tanto repetirse, dejan de asustarnos. Quería vaciar mi cabeza, como quien limpia un sótano, y prepararme para la página blanca que me esperaba en la máquina de escribir.
Caminé con paso apurado por el paseo marítimo de Copacabana, sintiendo un poco de nostalgia de España, donde habíavivido algún tiempo, y donde solía ver el mismo cielo nublado y sentía el mismo calor por la mañana. La naturaleza que me rodeaba parecía enfrentarse a sí misma y con sus elementos; el mar se lanzaba con violencia contra la playa, el viento sacudía las hojas de las pocas palmeras que quedaban, las nubes contenían tormentas que en breve cubrirían la ciudad, provocando los atascos de siempre. Mi corazón latía más de prisa de lo normal: tenía una idea, tenía una historia, pero no sabía cómo empezar a contarla.
Ya había escrito un libro, El Peregrino de Compostela (Diario de un mago), en el que se relataba mi peregrinación por un camino del norte de España, que en aquella época estaba prácticamente olvidado. Para mi sorpresa, el tema despertó una gran curiosidad en el lector brasileño, se vendía bien, y eso significaba la posibilidad de publicar un nuevo texto. Tenía que aprovechar aquella oportunidad: escribir un libro no era suficiente para convertirse en escritor. Tenía que seguir adelante para que mi sueño continuara vivo, para que el río de palabras no dejara de fluir.
Volví a casa. Christina, mi mujer, no dijo nada. Sabía que yo estaba en medio de una tormenta como la que amenazaba con caer en cualquier momento sobre la ciudad de Río de Janeiro. Al terminar de comer, cansado de no hacer nada, me sumí en un sueño profundo, sin sueños. Cuando me desperté el reloj marcaba las siete de la tarde. Los televisores del vecindario estaban encendidos y podía oír el bullicio de las familias en sus casas, que se preparaban para cenar, ver la tele juntos y hablar del día. Con cierto grado de culpa regresé a la mesa del despacho y me senté frente a la página en blanco. Me prometí a mí mismo que permanecería allí al menos media hora, aunque no hiciera nada. Recordé un verso de Fernando Pessoa: «El espejo refleja la verdad; no se equivoca porque no piensa.»
Eso.
«¡No puedo pensar! Tengo que reaccionar y ser como un lago que refleja el cielo, sin dudas.» Puse mis manos sobre el teclado de la Olivetti eléctrica, regalo de un noviazgo que había acabado sin boda.
Quería contarlo todo; quería entender por qué había retrasado durante tanto tiempo mi gran sueño. Quería, sobre todo, demostrarme a mí mismo que podía mantener esa llama encendida.
«¿Cómo empezar?»
Silencio. El bullicio de la vida allí fuera parecía suspenderse en la noche. Sin querer, la imagen del mar revuelto de por la mañana volvió a mi cabeza. A lo lejos vi un punto negro en el horizonte, una barca que se preparaba para partir, guardando el equilibrio entre las olas. Un hombre levaba el ancla con esfuerzo y salía en busca de su aventura. Era viejo, pero sus ojos brillaban con un azul intenso y lo reconocí.
Santiago.
El viejo y el mar, de Hemingway.
¡Santiago!
«El anciano se llamaba Santiago.» Y durante el resto del libro, su autor no menciona ni una vez más el nombre del personaje protagonista; al menos era así como yo lo recordaba.
Vi cómo la primera línea brotaba en la página: «El muchacho se llamaba Santiago.» Y, en ese momento mágico, supe que había un libro detrás de esas sencillas palabras.
Iba a contar la historia de otro yo, la historia del pastor que siempre he sido, aunque nunca he tenido ovejas, sólo sueños. Sería el espejo de mi vida y reflejaría todos los obstáculos, todas las encrucijadas, todos los errores de aquel que decide ir en busca de su tesoro.
Poco a poco la vida de ese muchacho se fue dibujando, página tras página, frente a mí. Las horas que se adentraban en la madrugada pasaban desapercibidas, se convirtieron en días, y durante dos semanas no sólo sentí la inmersión en el pasado, sino también un paso hacia el futuro. Me transporté a Andalucía, a Tenerife...; el viento del desierto rozaba mi piel, el perfume del oasis me acogía en la noche.
¡Cuánto camino recorrido desde entonces! Las palabras, las ideas, los recuerdos y las historias fueron las sendas que guiaron mis pasos. Frente a esta página escrita, puedo ver parte de ese camino que tantas veces he recorrido solo en mi imaginación.
Y de ese modo el muchacho encontró al rey y tuvo coraje para seguir adelante.
Y de ese modo mi destino se unió al suyo. Al igual que la pequeña barca del viejo en su lucha con el mar y con los elementos, fui capaz de resistir los vientos, las olas y la inmensidad de la vida por haber entendido perfectamente una frase de mi libro anterior: «El barco está seguro en puerto. Pero no fue para eso para lo que se construyeron los barcos.»
Y hoy, frente a esta página en la que escribo algunas palabras para celebrar los veinte años de la publicación de El Alquimista, les doy las gracias a los lectores de todo corazón. El pastor con su sueño atravesó fronteras, descubrió nuevas lenguas, cruzó océanos. El pastor que era, y que todavía soy. En busca de un tesoro y comprendiendo al mismo tiempo que el camino es tan importante como la meta que hay que alcanzar.
«Ya voy, Fátima», así acaba el libro; con una frase, una pregunta en el aire. Espero que consiga llegar otra vez a su destino, pero, antes, que disfrute de todos los puertos, ciudades, paisajes, desafíos y encuentros que hallará en el camino. Porque yo también camino con él, y deseo que nuestro viaje sea largo y esté lleno de sorpresas, lleno de aprendizaje.
Paulo Coelho, marzo de 2008




