
Portada de El horror de Dunwich, de Lovecraft.
Editorial Zorro Rojo
CUANDO el que viaja por la zona norte del centro de Massachusetts toma la bifurcación equivocada en el cruce de la carretera Aylesbury, después de pasar Dean's Corners, llega a una región solitaria y extraña. El terreno sube y los muros de piedra coronados de maleza se van cerrando cada vez más sobre las polvorientas curvas del camino. Los árboles de los numerosos bosques circundantes parecen demasiado grandes, y la hierba, las zarzas y los pastos salvajes alcanzan un esplendor que no se encuentra a menudo en las regiones habitadas. Al mismo tiempo, los campos cultivados son escasos y áridos; mientras que las casas dispersas exhiben unaspecto sorprendentemente uniforme de vejez, miseria y decadencia. Sin saber por qué, uno vacila en pedir instrucciones a las figuras solitarias y arrugadas que alcanza a ver aquí y allá en los umbrales ruinosos o en las empinadas y pedregosas laderas. Son personas tan silenciosas y furtivas que uno, de algún modo, se siente enfrentado a cosas prohibidas, cuyo contacto es mejor rehuir. La sensación de extraña inquietud aumenta cuando una cuesta del camino permite ver las montañas cerniéndose sobre los bosques. Las cúspides son demasiado redondeadas y simétricas como para dar una sensación cómoda y natural, y a veces el cielo recorta en silueta, con especial claridad, los curiosos círculos de altos pilares de piedra que coronan la mayoría de ellas.
Desfiladeros y barrancos de profundidad problemática obstaculizan el camino y los rústicos puentes de madera siempre parecen de dudosa seguridad. Cuando el camino vuelve a bajar hay terrenos pantanosos que uno rechaza por instinto y en realidad casi llega a temer en el crepúsculo, cuando se oye el parloteo de chotacabras invisibles y las luciérnagas salen en abundancia anormal para danzar al ritmo ronco, insistente hasta lo macabro, del estridente canto de los sapos. La línea delgada y brillante del curso superior del Miskatonic tiene un carácter serpentino mientras corre pegado a los pies de las colinas abovedadas entre las que nace.
Ya más cerca de las colinas, uno repara más en sus flancos cubiertos de bosque que en las cimas coronadas de rocas. Estos flancos se alzan tan oscuros y abruptos que uno desearía que mantuvieran la distancia, pero no existe camino que permita escapar de ellos. Al otro lado de un puente cubierto se ve una pequeña aldea acurrucada entre el río y la ladera vertical de Round Mountain; uno se maravilla al ver el apiñamiento de tejados a la holandesa deteriorados, que hablan de un período arquitectónico anterior al de la región colindante. Cuando se mira con mayor atención no resulta tranquilizador descubrir que la mayoría de las casas está abandonada y cayéndose a pedazos, y que la iglesia del campanario roto alberga ahora el único y sórdido establecimiento comercial de la aldea. Uno teme confiar en el túnel tenebroso del puente, aunque no hay modo de evitarlo. Una vez que se atreviesa resulta difícil no tener la impresión de que hay un tenue y maligno olor en la calle de la aldea, como de musgo y decadencia acumulados a lo largo de los siglos. Siempre es un alivio librarse de aquel sitio y avanzar por el estrecho camino que rodea la base de las colinas, y cruzar la llanura hasta reecontrar la carretera de Aylesbury. Después, a veces, uno se entera de que ha pasado por Dunwich.




