MIKKEL
El camino doblaba a la izquierda por encima de un puente para adentrarse después en la aldea de Serritslev; las cunetas estaban recubiertas de hierba oscura y menudas flores amarillas y sobre los campos, aquí y allá, un manchón blanco, una neblina floral, gravitaba en el crepúsculo. Se había puesto el sol y el aire era fresco y límpido, raso, pero sin estrellas.
Un carro de heno que regresaba del campo entró pesadamente en Serritslev bamboleándose por el difícil camino. A medida que avanzaba entre dos luces por la angosta calleja de la aldea, parecía un gigantesco animal vedijudo y paticorto que, sumido en cavilaciones, oliscara el suelo al arrastrarse.
El carro se detuvo a las puertas de la posada de Serritslev; los caballos, sudorosos, volvían la cabeza y mascaban el bocado, contentos de hacer un alto. El carretero se descolgó hasta el balancín, saltó al suelo esparrancado y ató las riendas. Después se dirigió al colgadizo y, limpiándose las narices con los dedos, llamó a voces.
¡Ah de la casa!
¿Qué...? Una luz apareció tras los cristales. ¿Habían encendido una vela? En eso asomó a la puerta una moza. El carretero quería echar un trago de aguardiente. Mientras esperaba a que lo trajeran, el carro cobró vida; dos largas piernas bajaron con cautela y comenzaron a tentar el balancín mientras el individuo en cuestión, echado boca abajo, gruñía a causa del esfuerzo. Una vez en el suelo, permaneció en pie sacudiéndose; un tipo largo y huesudo tocado con una capucha.
A la vuestra, dijo mientras el hombretón se echaba al coleto el rojo líquido y rompía a toser como Dios manda. ¿Se quedaría otro ratito el carretero? Porque siempre podían entrar a echar otro aguardiente en compañía.
Pero apenas se adentraron en la zona de luz, el carretero se detuvo junto a la puerta, paralizado por el respeto, y el otro también perdió el aplomo. En el centro de la estancia, sentados a una mesa, hallábanse cuatro distinguidos soldados de la guardia sajona, recientemente llegada a la ciudad. El resplandor de su atuendo, sus rojas mangas acuchilladas, sus plumas y sus barbas cautivaban la vista como hoguera de regocijo. En la mesa y los bancos se apoyaban espadas y lanzas, sólidas armas. A la vista de todos estaba que el desgaste de las correas de cuero se debía al uso de manos expertas. Los cuatro se volvieron, pero al instante intercambiaron miradas y reanudaron su charla.
La moza acercó dos jarros de cerveza hasta la puerta y dejó una vela en una mesita cercana. Apenas se alejó, uno de los soldados echó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada.

