Portada de 'Accelerate', de R.E.M.
Warner
Desde que alcanzaran el éxito masivo a principios de los noventa, R.E.M. se han movido entre tres polos: el experimental, el acústico y el rockero. Con Accelerate, el grupo da la espalda al primero -se acabó el jugar con las maquinitas-, limita la atracción del segundo -mandolinas, las justas- y lo apuesta todo a la inmediatez de las guitarras eléctricas.
Y al contrario de lo que ocurrió en ocasiones anteriores -véase Monster, sobreactuada reacción de ruido al sensible Automatic for the people-, gana. Grabado, según cuentan sus autores, en pocas semanas y con tomas en directo, Accelerate es un disco peleón y bullanguero, pero su energía está bien dirigida y, por suerte, envasada en canciones con sentido.
R.E.M. vuelve a sonar como un grupo unido y convencido de sus extraordinarios poderes, no como un trío a punto de divorciarse por aburrimiento. Desde el arrollador comienzo con Living well is the best revenge, hasta el final glam-rock de I'm gonna DJ, resulta evidente que el acelerón de este disco ha sido una inyección de Botox emocional para Michael Stipe, Peter Buck y Mike Mills.
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Hollow man cuenta con un estribillo emocionante y con la voz más desgarrada con la que Stipe ha cantado nunca. Mr. Richards podría ser un tema de los Byrds si resucitaran en 2008, y Supernatural superserious es uno de los mejores singles que ha publicado la banda en años. Until the day is done supone el único coletazo de intimidad en un álbum en que la palabra clave es entusiasmo.
Puede que carezca de clásicos de la talla de The one I love o Everybody hurts. Pero la grandeza de Accelerate es que, sin renunciar a ninguna de sus señas de identidad -las guitarras Rickenbacker, los coros folkies, las letras enigmáticas y todo el drama que es capaz de transmitir una personalidad como la de Stipe-, R.E.M. logran reinventarse como una banda de rock relevante. Y eso, estando cerca de cumplir los 30 años de carrera, es para celebrar.





