No recuerdo dónde ni cuándo se me ocurrió esta historia que tiene algo de cinta de Moebius. Sólo recuerdo que anoté enseguida la idea y la frase inicial y, entonces, me pregunté si la idea era mía o era un recuerdo de algo que había leído de pequeño —¿no era un cuento de Fredric Brown o de Henry Kuttner?—. Me daba la sensación de que el cuento era de otro; la idea era demasiado elegante, demasiado audaz y completa, y eso me hizo sospechar.
Más o menos un año después cogí un avión y, al terminar la revista que estaba leyendo, aburrido, me puse a revisar misnotas y me tropecé con aquellas anotaciones. Sin más, comencé a escribir y, antes de aterrizar, ya tenía el cuento acabado. Al llegar a casa, llamé por teléfono a unos amigos (todos ellos muy cultos), se lo leí y les pregunté si les resultaba familiar, si les sonaba haberlo leído antes. Todos me contestaron que no.
Normalmente sólo escribo relatos cortos por encargo, pero por una vez en la vida tenía un relato corto que nadie me había pedido. Se lo envié a Gordon Van Gelder, de la revista Magazine of Fantasy and Science Fiction, y lo aceptó. Únicamente le cambió el título, y yo no tuve inconveniente. (Yo lo había titulado «Ultratumba».)
Suelo escribir mientras viajo en avión. En un vuelo con destino a Nueva York, en la época en que escribía AmericanGods, escribí un relato que pensé que podría encajar en la novela —de hecho, estaba seguro—, pero no encontré dónde. Fi-nalmente, cuando publiqué la novela, decidí aprovechar aquel relato convirtiéndolo en una felicitación de Navidad y me olvidé por completo de él. Un par de años más tarde, la editorial Hill House Press (que publica unas preciosas ediciones limitadas de mis libros) se la envió a sus suscriptores como felicitación de Navidad.
Nunca le puse título. Digamos que se titula:
El constructor de mapas
La mejor manera de describir un cuento es contándolo. ¿Os dais cuenta? Para describir un cuento es necesario contarlo. Es mitad funambulismo, mitad sueño. Cuanto más preciso es el mapa, más se asemeja al propio territorio. Elmapa más preciso posible sería el territorio en sí, lo cual sería absolutamente exacto y absolutamente inútil.Un cuento es, a un tiempo, mapa y territorio.No lo olvidéis.
Hace casi dos mil años, hubo un emperador en China que vivía obsesionado por la idea de cartografiar sus dominios.Había mandado levantar una maqueta a escala de China en una isla construida a tal efecto en uno de los lagos de su im-perial hacienda, isla cuya construcción le costó una fortuna y la vida de varios de sus súbditos (las aguas de aquel lagoeran frías y profundas). En dicha isla, las montañas eran del tamaño de una topera y los ríos como el más pequeño de losarroyos. El emperador tardaba una hora entera en recorrer el perímetro de su isla.
Cada mañana, con las primeras luces del alba, un centenar de hombres nadaban hasta la isla para reparar y recons-truir con sumo esmero cualquier detalle que hubiera podido verse alterado por las condiciones meteorológicas, las aves o una crecida inesperada de las aguas del lago; también eliminaban o remodelaban aquellas áreas que representaban te-rritorios que habían sufrido inundaciones, terremotos o corrimientos de tierras, para que la maqueta fuera en todomomento una réplica exacta de la realidad.
Durante casi un año, el emperador se dio por satisfecho con esto, pero después sintió renacer de nuevo el desconten-to y, en el duermevela que precede al sueño, comenzó a idear otro mapa, pero esta vez a escala uno: cien. Es decir, unmapa que reproduciría todas y cada una de las cabañas, casas y palacios del Imperio, cada árbol, cada monte y cadaanimal, a una centésima parte de su tamaño.
Era un proyecto titánico, y hacerlo realidad supondría esquilmar las arcas del Imperio. Harían falta más hombresque estrellas hay en el firmamento: cartógrafos, topógrafos, agrimensores, censistas, pintores; y también maquetistas, alfareros, albañiles y artesanos. Serían necesarios al menos seiscientos soñadores profesionales para revelar la naturale-za de cuanto permanece oculto bajo las raíces de los árboles y en la profundidad de las más profundas cuevas y fosas marinas —pues el mapa, para ser perfecto, debería contener no sólo el Imperio visible, sino también el invisible.Ése era el proyecto que tenía en mente el emperador.
El ministro de su mano derecha trató de disuadirle una noche, mientras paseaban por los jardines del palacio, bajouna inmensa luna dorada.
—Debo advertir a su Alteza Imperial —comenzó el mi-nistro de la mano derecha— de que esta nueva empresa es...
Y en este punto, le faltó valor para seguir. Una carpa plateada turbó la superficie del estanque, rompiendo el reflejode la dorada luna en mil lunas diminutas y, después, aquellas lunas volvieron a fundirse para formar un solo reflejo dorado, que quedó flotando sobre las aguas teñidas de cielo, un cielo tan rabiosamente purpúreo que a nadie podría parecer negro.
—¿Imposible? —preguntó el emperador, en tono afable.
Cuando un emperador o un rey se muestra así de afable, hay que echarse a temblar.
—Todo cuanto el emperador desea es siempre, y por su propia naturaleza, posible —replicó el ministro de la manoderecha—. No obstante, será oneroso. Para sufragar un mapa de esas características haría falta todo el tesoro impe-rial. Su Majestad tendría que evacuar ciudades y aldeas enteras para poder disponer de un lugar donde construirlo. Susherederos serían demasiado pobres para gobernar el país que Su Majestad les legaría. Como consejero suyo que soy,faltaría a mi deber si no le advirtiera del riesgo que corre.
—Es posible que tengas razón —dijo el emperador—. Es posible. Pero, aun suponiendo que siguiera tu consejo y meolvidara del mapa, la idea me atormentaría de por vida, y me impediría paladear la comida y el vino. El emperador se detuvo. Desde un lejano confín de los jardines, les llegó el canto de un ruiseñor. —Pero este mapa —le dijo el emperador, en tono confidencial— no es más que el principio. Porque, antes inclusode que esté terminado, volveré a sentir este mismo anhelo y empezaré a fraguar la que ha de ser mi obra maestra.
—¿Y cuál es esa obra maestra? —preguntó, cauteloso, el ministro de la mano derecha.—Un mapa de mis dominios en el que cada casa estará representada por una casa a tamaño natural; cada montaña, por una montaña de igual altura; cada árbol, por un árbol del mismo tamaño y especie; cada río, por un auténtico río; y cada hombre, por un hombre de carne y hueso.
El ministro de la mano derecha se inclinó con gran ceremonia y siguió al emperador hasta el palacio imperial, manteniendo en todo momento la distancia de rigor, y sumido en una profunda reflexión.
Cuentan las crónicas que el emperador murió mientras dormía. Así consta en el archivo imperial y así sucedió, aunque cabría señalar también que alguien le asistió en su último trance; y a su hijo primogénito, que le sucedió en el trono, no le interesaban lo más mínimo los mapas ni la construcción de mapas.
La isla que había en mitad del lago fue transformada en una reserva de aves salvajes. Perforaron las diminutas montañas de barro con el pico para hacer sus nidos, y las aguas del lago fueron erosionando la isla y, con el tiempo, la deshicieron por completo, y sólo quedó el lago.
El mapa desapareció, y también su constructor, pero el país siguió viviendo.
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