Hay una caja de seguridad en un banco suizo con cincuenta tarjetas de biblioteca escritas a mano por ambas caras. La buena noticia es que las escribió Vladimir Nabokov, uno de los novelistas más importantes del siglo XX. La mala, que antes de morir pidió que fueran destruídas.
"El original de Laura, el manuscrito no teminado de una novela que empecé a escribir antes de caer enfermo -escribía Nabokov en una carta- está acabada en mi cabeza: debo haberla repasado cincuenta veces". La muerte le sorprendió en julio del 77 sin haber acabado con ella. Perfeccionista hasta la neurosis y renovador de una lengua que no era la suya, Vladimir Nabokov aborrecía la idea de dejar cosas sin acabar.
El destino de esas tarjetas -que no llegan a sumar treinta páginas de texto- tiene dividida a la sociedad literaria del planeta. ¿Deberíamos respetar el deseo de un genio perfeccionista, un hombre en su lecho de muerte, en perjuicio de la humanidad? La última palabra -y la llave de la caja- la tiene el heredero, albacea literario e hijo único del escritor, Dimitri Nabokov. Pero cuidado: Dimitri cambia mucho de opinión.
"Ni Vera (madre de Dimitri y esposa de Nabokov) ni yo hemos tenido el coraje de destruirlo", explicaba en una entrevista en 1999, "pero sabíamos que, si no lo hacíamos, alguien acabaría encontrándolo y publicándolo". Su intención, dejó entrever en alguna ocasión, era entregar el manuscrito a una "institución valiosa" donde pudiera servir a los académicos y quedara a salvo de publicación.
Hace tres años, sin embargo, le dijo al crítico literario Ron Rosebaum que cada vez se sentía más inclinado a quemarla. Pero no lo hizo.
Quemar o no quemar: un dilema nabokoviano
No hubo resolución, pero sí muchas entrevistas, intercambios e invitaciones a programas de televisión. Al diario Izvestia le dijo Dimitri: "Todavía no he tomado una decisión definitiva, y no sé si la lealtad de hijo triunfará o si vivirá esta obra de arte única y maravillosa, aun cuando no esté terminada". Después, como ocurre siempre, la cosa se fue olvidando.
Hace dos meses el asunto volvió a las portadas, cuando Dimitri declaró -otra vez a Rosebaum- que acabaría con Laura para no alimentar a esos "nabokófilos de diván" que insinúan que su padre sufrió abusos sexuales durante la infancia. Los tres privilegiados que han tenido acceso al manuscrito coinciden en afirmar que Laura es prima hermana de Lolita.
Dimitri, que tiene 73 años y ha sido cantante de ópera y piloto de carreras, es hoy traductor de su padre y mantiene desde hace años una activa correspondencia con varios académicos, acude a lecturas y conferencias, donde a veces ha leído pasajes de Laura. Llegó a permitir la publicación de extractos en una revista académica, The Navokovian, disimulados entre cuatro imitaciones a la Nabokov. Era parte de un concurso; los lectores debían reconocer las piezas del maestro ruso. No acertó ninguno.
¿Un espíritu travieso o un negocio chipén?
Siempre que ha podido, Dimitri ha ensalzado el texto inacabado que, segun él, "habría sido un original brillante, posiblemente un libro completamente radical, literariamente muy distinto al resto de su obra". Aunque su decisión es difícil -y, tome la dirección que tome, necesariamente dolorosa-, es justo decir que el heredero ha empezado a divertirse más de la cuenta.
Su última declaración -hecha hace apenas una semana, a través de un correo electrónico enviado a un programa de la televisión australiana en el que se encontraba, una vez más, Ron Rosebaun- es que su padre se le ha aparecido para decirle que no la queme. Y que, ya metidos en harina, "por qué no unir el placer con los negocios y sacar una buena tajada del asunto?".

