Marilyn Manson piensa que son los artistas los que deberían ejercer el mando de las sociedad pues son ellos los que le dan forma. Son los que hacen las películas, los libros, las canciones de las cuales nos alimentamos la mayor parte del día. Más escuchamos a un creador que a un político.
Y Marilyn Manson hace política: crea una imaginería -que es, en realidad, una utopía de supervivencia- y lanza un mensaje.
En junio, su último disco Eat me, drink me había vendido 789.000 copias en todo el mundo, una pequeña representación de las millones de personas que han escuchado en alguna ocasión algún trozo de canción de Marilyn Manson. Tantas, quizá, como votantes de Bush. Algo que, definitivamente, podría cambiar el mundo.
Pero Manson cree que los tormentos propios de los artistas, sus torturas financieras, emocionales y sociales, le impedirían alcanzar la posición política que les corresponde; “odio adoptar el papel de mártir, pero alguien tiene que hacerlo”, dijo riéndose en una entrevista a la revista americana Rolling Stone.
Un ejemplo: su oscuro disco del año 2000 Holy Wood (In the shadow of the Valley of Death) se presentaba en la portada con un crucificado y en el interior ahondaba en la relación que la cultura estadounidense ha alimentado entre la muerte y la fama; un trabajo, como se dieron muchos, marcado tras los asesinatos de Columbine.
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Y, envolviendo la política, el artista juega con lo grotesco, lo burlesco, el satanismo, la violencia, el paganismo, la oscuridad, el deseo, la duda. Su imagen pública, sus discos y sus acuarelas enfrenta el bien contra el mal. Su inteligencia le hace intocable y, ocho discos después, respetado.
Marilyn Manson, el artista que mató a Brian Warner, quiere devolver el peligro a la música. No es un eufemismo para describir y promocionar un disco ruidoso y difícil, porque su último disco es justo lo contrario: es sexy y brillante. La música es una forma de consumo tan asimilada que, lo que ha formulado Manson, es la definición del rock’n’roll.




