Boceto de Max para su personaje Bardín.
Max
"El moho nunca duerme": el lema de Neil Young ha inspirado la carrera de Max, que a lo largo de una trayectoria de dignidad intachable, ha pasado de rebelde del comix underground de los ochenta a ejemplo y referencia para las nuevas generaciones de autores de novela gráfica en España.
Hoy en día, la figura de Max está dotada de una autoridad indiscutible en el mundillo del cómic. Grandes nombres como Carlos Giménez o Ibáñez representan una historia y un pasado gloriosos, pero Max entronca la tradición con la actualidad.
Para llegar a esa posición de respeto, Max sólo ha seguido un principio: la curiosidad infatigable, la insatisfacción continua. Dibujante excelso con facilidad para asumir y mimetizar influencias, realizó su aprendizaje historietístico durante los 80 en la mítica revista El Víbora. Allí fue quemando etapas a la sombra de sus dibujantes favoritos -la escuela Bruguera, Disney, Robert Crumb, Chaland, Ever Meulen-, alternando entre la realización de personajes de éxito coyunturales como Peter Pank y diversas incursiones en temas mitológicos que denotaban sus inquietudes cambiantes. Eran los buenos tiempos del cómic español de la transición, que concluyeron en una crisis que arrasó casi todos los medios donde crecía esa nueva historieta. En los 90, la generación de historietistas más prometedora de la segunda mitad del siglo se vio obligada a renunciar al cómic antes de cumplir los cuarenta años.
Actos de resistencia
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Max, que se había refugiado en la ilustración como medio de supervivencia, se aferró al tebeo cambiando de estrategia hacia la independencia, creativa y editorial. Ayudado por compinches como Pere Joan y Alex Fito, Max se echó al monte e inició la guerra de guerrillas con NSLM, una revista de cómic de vanguardia internacional que nació como protesta política por la guerra de Yugoslavia y al cabo se convirtió en el eslabón que vinculaba España con las viñetas más modernas de Europa y América. En NSLM publicaron los autores de referencia internacionales -desde el francés David B. hasta el norteamericano Chris Ware- junto a jóvenes españoles y compañeros rescatados de la generación perdida de Max. Cuando el cómic en España pasaba sus peores momentos, NSLM mantuvo encendida la luz.
Al mismo tiempo, el Max autor giró hacia un cómic más introspectivo. Sus intentos por crear una novela gráfica personal y profunda se concretaron en El prolongado sueño del señor T (1998), una obra en blanco y negro donde ya se sumerge de lleno en un universo gráfico pleno de simbolismo onírico. Es la línea de investigación que, con menos austeridad gráfica, explotará definitivamente en Bardín el Superrealista (2006), la obra que le ha dado el primer Premio Nacional del Cómic, donde se reúnen numerosas obsesiones gráficas -por encima de todo, la obsesión con el ojo y la mirada- en un paisaje dotado del realismo psicológico de los sueños.
La elección de Max como ganador de la primera edición de este premio de referencia para el cómic español tiene, pues, un valor añadido. Es el reconocimiento de que a él le corresponde abrir esta nueva etapa de expectativas para nuestra historieta. Es el reconocimiento de que, hoy por hoy, él va primero, y los demás después.






