Portada de 'Santuario', de Edith Wharton, próximo lanzamiento de Impedimenta.
Impedimenta
Resulta poco frecuente que la juventud se permita una felicidad perfecta. Da la impresión de que deben realizarse demasiadas operaciones de selección y rechazo como para poder ponerse al alcance del subyugante despertar de la vida. Pero, por una vez, Kate Orme había decidido rendirse a la felicidad permitiendo que ésta impregnara cada uno de sus sentidos como una lluvia primaveral empapa un fértil prado. No había nada que justificara tan repentina placidez. Y, sin embargo, ¿no era precisamente eso lo que la hacía tan irresistible, tan irrefrenable? A lo largo de los dos últimos meses -desde su compromiso con Denis Peyton- nada sig nificativo se había añadido a la suma total de su felicidad y no existía posibilidad alguna, tal y como ella misma habría afirmado, de que nada viniese a aumentar de modo apreciable lo que constituía ya de por sí un saldo incalculable. Las circunstancias de su vida se mantenían inalterables tanto en lo externo como en lo que se referíaa su propio mundo interior. Pero mientras antes el aire había estado cargado de alas que revoloteaban a su alrededor, ahora esas mismas alas parecían haberse posado sobre ella, y podía entregarse a su protección.
Muy diversas circunstancias se habían ido combinado hasta llegar a cimentar la base de la melancólica pazen que se hallaba. Su carácter respondía a las más delicadas vibraciones, y al principio su júbilo ante el amor que sentía había sido demasiado inmenso como para no acarrear también con él cierta confusión, una readaptación de todo su paisaje vital. Se hallaba de pronto enterritorio desconocido, donde aquel que la había llevadohasta allí resultaba ser el menos indicado para actuar como guía. Hubo momentos en que tuvo la impresión de que el primer desconocido que se encontrara por la calle podría descifrarle su propia felicidad con más destreza que Denis. Luego, a medida que su mirada fue acostumbrándose, cuando las líneas comenzaron a fluir y a armonizar abriendo amplias vistas sobre nuevos horizontes, comenzó a tomar posesión de su reino, a considerar que, realmente, éste le pertenecía. Pero nunca antes había sentido que también ella le perteneciera a él. Y era precisamente esta última impresión la que ahora llegaba para completar su felicidad, dándole un sagrado sentimiento de permanencia.
Se levantó de su escritorio donde, con una lista enla mano, había estado repasando las invitaciones para la boda, y caminó hacia la ventana de la salita. Todo a su alrededor parecía contribuir a esa extraña armonía, alcanzada gracias a la cuota que cada uno de sus sentidos le había ido aportando: el frescor de la estancia, su magnífica amplitud tan cargada de tradición, sus vistas a los campos y bosques extendiéndose hacia el lago bajo el plateado esplendor de septiembre, el propio aroma de las últimas violetas en un jarrón sobre el escritorio, el montón de hortensias rosadas y malvas dispuestas en maceteros por el balcón, la caída, de vez en cuando, de una hoja por el aire en calma... Todo, de algún modo, se fusionaba para incrementar una sensación de bienestar que, no obstante, hacía que aquellos estímulos parecieran meros montones de algas flotando inermes en la corriente.
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