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Lunes, 13 de febrero de 2012. Actualizado a las 13:55h | : el tiempo en

Lee el primer capítulo de 'La pulga de acero' 

Lee el primer capítulo de la novela de Nikolai Leskov

  • Nikolai Leskov | Editorial Impedimenta
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  • Madrid | 07/11/2007 | comentarios | Votar
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La pulga de acero de Nikolai Leskov

ADN.es

Cuando el emperador Alejandro I hubo terminado el Consejo de Viena, quiso viajar por Europa y observar prodigios en diferentes naciones.Recorrió numerosos países y en todas partes, merceda su afabilidad, mantenía siempre conversaciones de lo más apasionadas con todo tipo de gente. Y todos,de una manera u otra, le asombraban y querían llevárserlo a su terreno. Pero estaba con él un cosaco del Don, Platov, al que estas inclinaciones no le gustaban nada y, nostálgico de su hacienda, trataba de convencer al soberano de que ya era hora de regresar al hogar. En cuanto Platov percibía que el soberano se interesaba mucho por algo extranjero, mientras los demás acompañantes callaban, él decía: «Se mire como se mire, lo que nosotros tenemos en casa no es peor». Y con cualquier excusa se lo llevaba de allí.

Los ingleses estaban al tanto de lo que ocurría y de cara a la llegada del soberano idearon diferentes ardides para cautivarle con lo foráneo y apartarle delos rusos. En muchas ocasiones lo consiguieron, sobre todo en las grandes reuniones, donde Platov no podía expresarse satisfactoriamente en francés. Algo que a él le importaba poco, ya que era un hombre casado y consideraba las conversaciones en francés mera cháchara. Pero cuando los ingleses empezarona invitar al soberano a sus depósitos militares, fábricas de armas y aserraderos de jabón para demostrar su superioridad sobre nosotros en todos los campos y así vanagloriarse, Platov se dijo: «¡Basta! Hasta aquí he aguantado, más es imposible. Sepa o no sepa hablar, yo a los míos no los traiciono».

No había acabado de decirse semejantes palabras, cuando el soberano le anunció: «Mañana nos vamos tú y yo a ver su colección de armas antiguas. Allí hay artefactos de tal perfección, que cuando los veas dejarás de discutir que nosotros, los rusos, con todonuestro valor, no valemos nada».

Platov no respondió al soberano, se limitó a hundirla nariz aguileña en su deshilachada capa de fieltro, y se marchó a su habitación. Pidió al ordenanza la cantimplora de kizliarka que llevaba en el baúl, se sirvió un buen vaso, rezó a Dios ante el icono plegable de viaje, se envolvió con la capa y roncó de tal manera que nadie en toda la casa pudo dormir. «Mañana será otro día», pensó.

 

Puedes leer y descargar el resto del primer capítulo de La Pulga de Aceroen formato PDF.

 

 

 

 

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