En los pasillos de la angosta mansión donde se desarrolla El orfanato resuenan los ecos de Polstergeits, La semilla del diablo o La profecía. Son las películas que marcaron de niño al guionista Sergio Sánchez, y a las que de alguna manera ya homenajeó en el cortometraje 7337. El libreto fue seleccionado por el laboratorio de guiones del Sundance Institute, lo que le permitió entrar en contacto con el director Juan Antonio Bayona, de gran reputación en el campo de los videoclips por sus trabajos para grupos como OBK o Camela, para poner en marcha esta cinta de terror tan atípica como ambiciosa.
La trama narra la vuelta de una Laura (Belén Rueda) al orfanato donde se crió, para abrir una residencia para niños discapacitados. Al poco tiempo, su hijo comenzará a desarrollar conductas extrañas al tiempo que se desarrollan extraños fenómenos en el lugar.
El orfanato no es una película de montaje acelerado o truculento. En este sentido se aleja de las últimas tendencias de cine de terror comercial que abusan de fáciles golpes de efecto. Más bien hace gala de una caligrafía pausada más propia de clásicos del género como Suspense, de Jack Clayton.
Melodrama terrorífico
Pero la película de Bayona tiene tanto de cine de terror como de melodrama bien entendido. El director esparce sobre la mesa elementos clásicos del género (difuntos que claman justicia desde el más allá, puertas que se cierran de golpe o pasos que resuenan en toda la casa) para elaborar un retrato psicológico, que el cineasta reconoce que tiene algo de autobiográfico, de personas paralizadas por un pasado que les bloquea y en el que se refugian para huir del presente. Los traumas del pasado acaban corporeizándose según avanza el metraje, hasta tal punto que amenazan la supervivencia de la propia familia protagonista.
Esto no quiere decir que la película no pueda disfrutarse como una eficaz película de terror, que aunque no sorprende, está filmada de una manera sorprendentemente madura, sino que el equilibrio que consigue Bayona entre las dos vertientes genéricas que maneja permita en todo momento una doble lectura de la película que enriquece el resultado final.
Se ha tendido a comparar la película con el cine de Amenábar, e incluso con El Laberinto del fauno de Guillermo del Toro (que participa en la producción), por la constante mezcla entre ficción y realidad que tiene lugar en la cinta. Lo cierto que la belleza plástica, sentido del ritmo (casi dos horas que pasan volando) y suntuosos movimientos de cámara de El orfanato recuerdan más al mejor Spielberg, e incluso sus alumnos más aventajados (léase M. Night Shyamalan). Los complicados ángulos de cámara que elige Bayona hicieron imposible rodar en los interiores de El Palacio de Partarríu (en Yanes), donde tiene lugar la mayoría de la acción. Así, más del 80% de la película está filmada en unos decorados de más 1000 metros cuadrados; un auténtico reto de producción que se ha visto refrendado por una soberbia interpretación de Belén Rueda, una conmovedora y lírica música compuesta por Fernando Velázquez y un acabado formal sobresaliente.




