Doña Manolita está cerrada, pero los vendedores se agolpan frente a la administración madrileña
Henrique Mariño
Tarde de domingo, víspera del Gordo. La afamada administración de loterías Doña Manolita, sita en la madrileña calle Gran Vía, 31, está cerrada a cal y canto. Tras la verja bajada, un cartel desea suerte a sus clientes y advierte de que este fin de semana el local permanecerá cerrado porque han agotado los décimos.
Sin embargo, la acera está repleta de vendedores que intentan aprovechar el tirón de esta administración fundada allá por 1931 y tan generosa, al menos en el imaginario colectivo, en premios y pedreas. Obviamente, no son de Doña Manolita, pero los reventas saben que los compradores de última hora se dejarán caer por el mítico establecimiento para hacerse con un décimo con pedigrí (ver fotogalería).
Carlos, por ejemplo, se dejó caer por el centro para comer en casa de su abuela y aprovechó para hacerse con un décimo.
"Fui a Doña Manolita y estaban agotados, pero no pasa nada. Quería un décimo que terminase en dos y ninguna otra administración lo tenía. Después de buscarlo por ahí, terminé comprándoselo a un señor que estaba en la puerta. La verdad es que al final me ha dado igual que no fuese de esta administración. La suerte es la suerte", comenta Carlos, que se va tan contento con su dos en el bolsillo.
Los décimos a la venta tienen en el reverso el cuño de otras administraciones como La Chata o El Doblón de Oro. El ambiente y la fauna son propios de una tarde de fútbol o toros. Casticismo y picaresca. "Venga, que ya son los últimos", grita algún vendedor a los transeúntes que pasan por la calle. Por cada décimo vendido, unos dos euros de comisión, idéntica tarifa que en la Puerta del Sol, plagada de puestos callejeros que venden lotería de conocidas administraciones.
¿Qué? ¿Cómo van las ventas? "Pues mal", reconoce un pintoresco vendedor apostado frente al 31 de Gran Vía. "Si no, no estaría aquí, vendiendo lotería". Su respuesta es un tanto inconexa y parece que se refiere a la situación de su economía doméstica, pero raudo y veloz cambia de asunto y, esbozando una sonrisa, intenta colarle un décimo al autor de estas líneas. Caballero, yo simplemente pasaba por aquí.
Los billetes de 20 euros pasan de unas manos a otras. Algunos sujetan apenas cuatro o cinco décimos con los dedos, otros usan pinzas para fijarlos en un cartón y también hay quien ha montado un tenderete, donde reposan un 68, un 89, un 51. Junto al papel, monedas de uno y dos euros. La comisión que se llevan. El resto, para unos pocos afortunados, para el Estado y para una administración que no será precisamente la de Doña Manolita. "Cerrado. Lotería de Navidad agotado. ¡¡Mucha suerte a todos!!".


