José Luque Jamardo se instaló, con una manta y un sillón, durante tres días en el complejo residencial del presidente del Gobierno
EFE MADRID
La suya es una carrera de obstáculos que hoy por hoy tiene como único destino La Zarzuela. Allí, en las inmediaciones de la residencia oficial de la mismísima Familia Real, el sevillano José Luque Jamardo, de 57 años, se ha apostado desde hoy con una disyuntiva clara: "O me pagan lo que deben a mi familia, o me quedaré hasta que me muera de hambre".
Este afectado desde 1981 por el consumo del malogrado aceite de colza ya es casi un asiduo a este tipo de acciones reivindicativas, que ha repetido dos veces frente al complejo residencial del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Lo hizo el pasado mes de febrero, y volvió a instalarse, a golpe de ola de frío, los pasados 1, 2 y 3 de diciembre. La imagen de su campamento en La Moncloa era tan expresiva que, pronto, varios cargos del Gobierno "se pasearon por allí" y le "prometieron que cobraría" las indemnizaciones estatales aprobadas para su mujer, María Lourdes Zurdo Herrero, y su hijo, unos 70 millones de las antiguas pesetas (unos 420.708 euros), comenta en conversación con ADN.es.
Pero la alegría dura poco en casa del pobre, como diría el refranero, y al despejar La Moncloa de su incómodo sillón y sus pancartas de protesta, recibió otro varapalo de la Audiencia Nacional, que le denegó la indemnización que pedía su esposa, porque ya había recibido 25 millones de pesetas por la intoxicación por aceite de colza correspondientes a su "incapacidad parcial" y no absoluta, como reclama la abogada de Luque, Margarita Osúar.
"No puede ni coger una bolsa e ir a hacer la compra, como cualquier mujer. Si eso no es una incapacidad absoluta y permanente...", se duele José. Pero él no tira la toalla. Esta vez, dice, "está dispuesto a llegar a todo", a no contentarse con las "palabras" que ofrecen algunos políticos y a cantar a los cuatro vientos el "anormal funcionamiento de la Administración de la Justicia en este país". De hecho, ya ha tenido que recular una vez a su favor, cuando en 2001 consideró que su inclusión en la lista de afectados había sido "un error material" y, siete años después, el pasado mes de febrero, revocó esa decisión y se consideró justa la indemnización de 18 millones de pesetas aprobada para este hombre. Cuatro sentencias ya habían fijado que tenía derecho a la ayuda estatal -aprobada en 1989 para los 25.000 afectados untados en aceite de colza para siempre- y al préstamo concedido por el BBVA y que le debía ir abonando el Gobierno.
El grifo estatal se cortó ante las sentencias judiciales que le adjudicaron "primero la compensación más grande, y luego la más chica" -dice, no sin cierta sorna, este oriundo de la localidad de Dos Hermanas-. Ahora, es esa entidad bancaria -"que se ofreció en su día a dar el 70% de las ayudas"- la que reclama judicialmente a José Luque el pago del dinero que le adelantó en concepto de préstamo (más intereses) y que el Ejecutivo se niega a compensar en su caso.
"Los jueces no dan su brazo a torcer. Se han equivocado conmigo varias veces, y ahora no quieren reconocer que el Estado debe a mi familia 70 millones de pesetas. Pero yo no puedo más", dice ahogado entre las deudas económicas, la burocracia y la situación física de su mujer. Sobre ella añade: "Tiene atacados los huesos, el hígado, los nervios... no ha dejado de ir al psicólogo".
Su hijo, "el último damnificado"
¿Y su hijo? Con el niño, nacido en octubre de 1982, sólo unos pocos meses después de la intoxicación por aceite de su madre, ocurrió otro despropósito en este proceso: en 1989 no se le incluyó como afectado y en 1994 se tuvo que incluir como "el último damnificado" por el aceite de colza. Durante su infancia tuvo problemas en su desarrollo psicomotriz -"se caía sin ton ni son, se rompió los bracitos y arrastró otras secuelas"- que, con fortuna, "parece que se han resuelto", afirma su padre.
"Se han cachondeado dos veces de mí y no habrá una tercera. En mi caso, la Justicia y el Estado se han ensañado más conmigo que el síndrome tóxico", dice contundente. En sintonía con esta idea, José agradece el "foco de la prensa" hacia sus protestas que, esta vez, confía en que lleguen hasta los Reyes en persona y "a todos los que pasen por allí, para que se les caiga la cara de vergüenza", opina.
Antes de su "viaje a la Casa del Rey", había anunciado que arribaría a través de sendas misivas enviadas a la Familia Real y al presidente del Gobierno, en las que se quejaba amargamente de la "escasa atención" que le han prestado los partidos políticos y las instituciones. "Llevo escribiéndoles muchos años, siempre con todo el respeto, pero ellos no dejan de pasarse la pelota de unos a otros", concluye José.


