"Yo no soy una prostituta. Soy una madre". Renata masca chicle y se hace entender entre el ritmo machacón del funk favelado mientras dos pantallas planas escupen tras la barra un vídeo con modelos en paños menores y el informativo de la madrugada. Corpulenta, rubia, ajada, a Renata le va regular. "Hace diez años, cuando llegué a España, me decían directamente si quería subirme a la habitación a follar. Ahora, ya no me pasa".
Tiene 43 años, dice, pero se le echan más. Una casa en Brasil que no desea habitar. Y una hija de 21 años, los mismos que podría tener cualquiera de las decenas de mujeres que suben, bajan, bajan, suben a las habitaciones de este local de alterne plantado en las afueras de Badajoz. "Oye, ¿tú sabes cómo funciona esto, verdad? Si hablas con una chica, hay que invitarla a una copa...".
Unos 30 euros, la mitad para ella, y la certeza de que, al menos, algo se lleva al bolso. "Aquí hay mucha competencia y a mi edad es muy difícil ganarse la vida". No le queda otra, asegura. "¿Cómo voy a pagar el piso, la comida y los estudios de mi hija si no trabajo como prostituta?". Ella cursa una diplomatura del ramo sanitario y, hasta hace poco, desconocía que su madre tenía que abrirse de piernas cada noche para costear su carrera. "Déjalo, mamá", le suplicó. Renata lo tiene muy claro: no lo hará hasta que se licencie.
"Aquí lo que importa es el dinero"
Cuando eso suceda, no volverá a Goiás, el estado brasileño del que procede ella y buena parte de las compatriotas que ejercen la prostitución en España. "Me vine para ganar pasta y no me arrepiento de lo que he hecho. Ha valido la pena". ¿Y te han tratado bien? "Nunca me han pegado, pero a alguna compañera, sí. No te equivoques: no hay hombres buenos o malos. Aquí lo que importa es el dinero".
Rumanas, marroquíes, brasileñas... Mujeres jóvenes, bonitas y que llamen la atención, como explica Carla, víctima de trata de blancas (ver vídeo). Renata es, sin duda, la mayor del local, aunque también viste ropa ínfima, ajustada, cortísima, escotada. Mosconeando, dos docenas de hombres de distinta ralea unidos por una misma causa: echar un polvo por 60 euros. No importa si la chica lo hace forzada o voluntariamente. Alguien paga y ella cobra, Je t'aime moi non plus.
Mientras Gainsbourg suena a través de los bafles, una chiquilla embelesa con su destape a la engorilada parroquia. Como éste, hay otros 40 clubs en la provincia de Badajoz, adonde hemos llegado tras aterrizar en Lisboa para rastrear las rutas de la prostitución brasileña en España. De media, 20 mujeres por local. Entre un 30 y un 40% proceden de Brasil.
Son, tras las rumanas, mayoría. Y siete e incluso ocho de cada diez, de Goiás, un estado situado en el interior de Brasil de menos de seis millones de habitantes. "Habría que sumar las que trabajan en los domicilios particulares, un número muy difícil de calcular porque se cambian de piso", aseguran fuentes de la Brigada de Extranjería de la Jefatura Superior de la Policía Nacional de Extremadura.
Con ganas de prosperar, pero no siempre necesitadas
Además del aspecto físico, los reclutadores suelen fijarse en otras condiciones, como las educativas y económicas. Chicas poco formadas, pero no necesariamente pobres. Sorprende, en ese sentido, que muchas de ellas no vienen por necesidad sino para mejorar su nivel de vida y aspirar a un futuro mejor. Ser madre no es un requisito, pero la presión siempre será más efectiva en el caso de que una mujer explotada intente rebelarse.
"Nueve de cada diez saben a lo que vienen", aseguran funcionarios de la Brigada de Extranjería, conscientes de que también hay mujeres que viajaron a España con la intención de trabajar como camareras o limpiadoras, pero se dieron de bruces con la realidad.
"Les dicen que van a trabajar como prostitutas y les quitan el dinero. Pero hemos detenido a tantos malos que los casos de explotación son contados. Tampoco hay menores, porque los dueños de clubes saben que implica la detención inmediata", explica un policía que participó en la liberación de una adolescente brasileña obligada a prostituirse.
Beatriz Cercas, en cambio, discrepa y considera que la prostitución siempre es sinónimo de explotación. "Les prometen que van a ganar mucho dinero en tres meses, pero nunca les dicen si podrán salir del club (muchas no pueden hacerlo), si lo pueden dejar cuando quieran o si las van a rotar toda España, por no hablar del número de servicios por jornada o el dinero que tienen que pagar por utilizar las habitaciones", apunta la asesora jurídica de la Asociación de Derechos Humanos de Extremadura.
Indefensas y desamparadas
Además, según Cercas, están desprotegidas por la ley y en caso de ser detenidas por estancia irregular son consideradas "infractoras, no víctimas". Tampoco ha habido hasta ahora, prosigue la abogada extremeña, un tratamiento integral contra la trata de personas con fines de explotación sexual, ni una "sensibilización" por parte de la sociedad y las autoridades.
"Se trata como un tema de emigración económica y, ante tal desamparo, sólo el 1% de las mujeres obligadas a prostituirse presenta una denuncia, ya que de oficio no se persigue", añade Cercas, quien ha reclamado durante tiempo, al igual que otras asociaciones y entidades, la puesta en práctica del Plan Integral de lucha contra la trata de seres humanos con fines de explotación sexual. Su borrador, presentado recientemente por el Ministerio de Igualdad, no se ha librado de las críticas por no abordar cuestiones fundamentales, incluida la legalización de la actividad.
Por ello, instituciones como el Instituto de la Mujer de Extremadura han trabajado por su cuenta llevando a cabo campañas preventivas de sensibilización en Brasil. "Les transmitimos dos mensajes: la mujer tiene que conseguirlo todo por sí misma y un hombre no te va a sacar del país, sino que te va a explotar", señala la directora general de la institución, María José Pulido.
Un hombre que puede ser miembro de una red de trata, pero también un familiar, un amigo o alguien que las seduce con la intención de explotarla una vez en nuestro país. También las mujeres captan a otras y algunas prostitutas seducen a sus paisanas, al igual que hicieron con ellas, para sacar provecho.
"Pocas pensaban que iban a trabajar en otra cosa"
"El dinero del billete de avión y los gastos del viaje los paga el dueño del club, quien a veces les dice a las prostitutas que si les trae más chicas, verán rebajada su deuda", manifiesta una experta en trata con fines de explotación sexual. "He conocido a pocas chicas que pensasen que iban a trabajar en otro sector, pero el engaño no está tanto ahí como en la deuda que tienen que pagar. Le retienen el pasaporte, el pasaje cuesta más de lo que pensaban, tienen que pagar por todo en el club y son obligadas a prostituirse hasta que salden lo adeudado".
Engaño y, tras las falsas promesas, desengaño. "Conocí a chicas que llegaron voluntariamente, pero tenían que hacer 30 servicios por jornada. Imagínate cómo estarían al día siguiente, no sólo psicológica sino también físicamente", revela esta experta. "La prostitución es dinero rápido, pero no fácil".

