A las ocho de la tarde el ir y venir de maletas en pleno mes de julio quedó interrumpido por al menos cuatro disparos en la terminal 1 del aeropuerto de Barajas. Un indigente, de origen africano y unos 40 años, apodado Washington, quedó tendido a las puertas del edificio. Acababa de recibir varios balazos de un policía de pasisano. Junto a él quedaba quieto el carrito con todas su pertenencias. El hombre había intentado agredir a los agentes con un arma blanca, según fuentes policiales. A las once y media de la noche permanecía en estado crítico en el Hospital Ramón y Cajal, explicaron fuentes del centro.
El herido llevaba más de tres años viviendo en el aeropuerto, según indicaron trabajadores de la terminal. Era habitual que rondara las puertas del edificio donde le gustaba dar discursos en inglés, aunque nadie le escuchara. Habían intentado echarle varias veces, incluso le atendieron los servicios sociales, pero él no se movía de la terminal.
El de ayer pudo haber sido un intento más. Los agentes, de paisano, le pidieron que se marchara de la zona. No reaccionaba. Él sólo hablaba inglés y francés, según explicaron varios testigos. "Cómo no les entendía se acercaron al carro para señalarle que se tenía que ir. Y fue entonces cuando él sacó un cuchillo", contó un empleado. Para tratar de repeler el ataque, la policía disparó al aire y fue cuando el indigente sacó de su espalda un objeto negro. Los agentes creyeron que era una pistola y abrieron fuego para defenderse.
El hombre fue herido en las piernas y los brazos, según explió un testigo a Efe. Washington solía pasearse por la terminal, sobre todo en la zona de llegadas, donde vivía. Se alimentaba de lo que recogía por las papeleras. "Una vez intenté darle un montón de comida que había sobrado, pero la rechazó", indicó el camarero de una cervecería. Los habituales del aeropuerto dicen que nunca se metía con nadie.
El último rastro que quedó ayer por la tarde de Washington en lo que fue su hogar fue su carrito. En él: un ramo de flores, mantas, credenciales que recogía del suelo, libros, una maleta y varios recortes de periódico descoloridos. A las diez y media de la noche todo había desaparecido, como si Washington no hubiera existido nunca.




